Una terrícola en Titán - Capítulo treinta y seis

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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels

Las lunas brillaban en el firmamento, como si tuvieran una luz propia y no el efecto de los rayos del sol, las cuales llegan a reflejarse a pesar de estar muy lejanos. Las realizaciones súbitas que surgieron después de las revelaciones sobre los orígenes de mi familia me dejaron con una mezcla de sentimientos en conflicto que podían convertirse en caldo de cultivo para una tormenta perfecta.

Mi abuelo murió asesinado luego de descubrir cosas muy turbias respecto a los Padernelis. Murió en medio de una agonía causada por el Elixir de la Eternidad, un veneno potente muy utilizado entre los asesinos al servicio de la nobleza. Su compuesto principal proviene de la umbelis, una planta que crece en Encélado, la umbelis. Dicho veneno tiene un antídoto, el cual debía administrarse antes de que se cumplieran las 24 horas. Pasado ese tiempo, no se podía hacer nada excepto esperar a que la víctima falleciera en medio de la agonía.

Para que una muerte así de terrible aconteciera, mi abuelo debió haber descubierto una cosa bastante fea, concluimos Gülbahar, mi tía Marguerite y yo. Mi tía Marguerite desconocía qué tanto ha descubierto mi abuelo; de hecho, ni siquiera el viejo Homeiros, amigo personal de la familia, pudo sonsacarle información. Era probable que fuera tan grave que optó por irse a la tumba con la información antes que poner en peligro a toda la familia.

La clave de ello son las Puertas de Riothar, la entrada secreta que conecta a la Tierra con Titán; según me contó Minos, el Gran Shaman de los V’adh, a través de ellas se podía llegar a la Tierra en segundos, ahorrándose hasta medio año de viaje desde Saturno. Mi abuelo era su protector y su usuario frecuente, por lo que ahora explicaba porqué lo veía tan pocas veces. Esas puertas estaban en el templo del monte Cheres, ubicado al norte de Oruz, la capital V’adh. Un dato que me sorprendió mucho fue que a ese templo se le conocía también bajo el nombre del Convento de Las Nornas.

Al ver mi confusión, mi tía Marguerite me explicó que la ubicación del último anillo era solo una forma de despistar a los Padernelis, quienes buscaban las puertas desde hace décadas. Lo que sí se encontraba en el último anillo era el puerto clandestino de Piri Reis, enclave de piratas espaciales, traficantes y gente que pretende desaparecer antes de que el imperio las atrape. A pesar de que no hay un viaje directo a la Tierra, al menos podría irme a otros rincones de la gran masa oscura que constituye nuestra galaxia.

Pensándolo ya con mayor detenimiento, Haeghar me estaba enviando ahí al considerarlo una opción más segura. Los piratas de Piri Reis odiaban a varios miembros de la corte imperial, incluyendo al propio Ergane, a los Borg y a los Padernelis. Mi tía Marguerite me dijo que las pocas esposas esclavas que lograban llegar a Piri Reis eran resguardadas por los piratas, sacándolas del imperio y dejándolas en lugares remotos donde Saturno no pudiera alcanzarlas.

Y hablando de Haeghar, espero que se encuentre bien al igual que Meleke. Ellos fueron los únicos miembros de la familia imperial que me tendieron la mano en momentos de desesperación, sobre todo Haeghar, quien me quería como la hermana pequeña que nunca tuvo al ser la nieta de su tío.

Solté un largo suspiro mientras me acomodaba en el alféizar de la ventana.

Fue para mí una verdadera sorpresa enterarme de que la difunta emperatriz Ilya era prima hermana de la familia gracias al matrimonio el rey Venetos y Hoila, hija pequeña de Arn’e Bey, hermano de mi bisabuelo Helios Bey. La abdicación de Venetos al trono a favor de Ilya fue un movimiento estratégico preventivo; sabían los dos que Ergane estaba empeñado en cumplir una promesa que le hizo a su padre de ser el dueño absoluto del planeta de los espartanos interestelares, nombre con el que se conocía a los neptunianos en varios planetas, y que no escatimaría en masacrar a todo el pueblo para conseguirlo.

Los neptunianos, al contrario de lo que se podría pensar, no culpaban a Venetos ni a mi abuelo de la situación. Fue un acto prudente al considerar como primordial la protección de las mujeres, los niños y los ancianos, a pesar de ser un pueblo guerrero. Para Ergane, eso fue una conquista fácil… Con un alto costo en vidas que continuaba pagando aún décadas después.

Los neptunianos de vez en cuando hacían escaramuzas contra el ejército saturnino mediante tácticas de guerra de desgaste. Se hizo de todo para detener a los rebeldes, pero éstos desaparecían de la misma forma en la que aparecían. Nadie sabía qué los golpeó y los neptunianos jamás dieron su brazo a torcer. La razón de estas escaramuzas era la recaudación de información sobre las fortalezas y debilidades del ejército saturnino, pues podrían alzarse en armas a la primera oportunidad.

Mi abuelo fue uno de sus colaboradores más estrechos junto con otros nobles saturninos de origen neptuniano, como el difunto Homeiros y los hermanos Nyx, con quienes formó la temible Fraternidad de Los Cuchillos, una organización que buscaba la libertad de los planetas conquistados y la autodeterminación de cada uno en instaurar cualquier forma de gobierno.

“Abuelo, sí que tenías una vida de aventura…”, musité mientras me apartaba de la ventana.

De manera repentina me detuve en seco apenas me sentaba en la cama.

El libro.

El libro que mi abuelo estaba escribiendo dos años antes de morir.
Su protagonista, el general Helios Nuur, tuvo una esposa llamada Keres de Fertia, a quien devolvió a su hogar con un hijo en sus entrañas. Si mal no recuerdo, Helios quería protegerla de las intrigas de la corte del gran rey Perdiques de Cronia, quien lo respetaba demasiado para no cuestionar las razones por las que el jefe de su servicio secreto optase por liberar a su esposa.

Y cuando Perdiques muere, Parnasse asciende al trono. Ese gran rey en particular tenía una amante, la tal Erania, quien influía en todas las decisiones que hiciera el soberano. Incluso sospechaba de que la muerte de la esposa legal del rey fue orquestada por la familia de Erania para que no estorbara el camino en su ambición por ver a uno de los miembros de su familia sentarse en el trono.

“Oh, por Dios…”, musité en shock.

El libro no era una novela de aventuras. Era sus memorias. Su vida entera. Su historia y la de mi abuela. Los nombres, aunque cambiados, coincidían a la perfección con la corte imperial. Pero había un pasaje de ese libro en concreto que lo dejó a la deriva, como si supiera que no tendría el tiempo para contarlo: la entrega de Cronia y Fertia al Gran Señor de Allende Los Mares.

“Joder, abuelo… Eres un genio magnífico. Un maldito genio”, dije en voz baja.



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