Relato: De la duda a la realización

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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels

Decir que no tenía un círculo cálido fuerte era poco para Liliana, empleada nueva de una empresa inmobiliaria ubicada en la zona norte de la ciudad. Si lo pensaba bien, todos sus esfuerzos por publicar un anuncio respecto a la venta de terrenos en las redes sociales fueron infructuosos. Y como todo era por comisión, muchas veces sentía que estaba perdiendo un tiempo precioso que podría dedicarlo a otra cosa.

Que ella quizás no estaba hecha para las ventas debido a su naturaleza tímida que con mucho esfuerzo había aceptado como parte de sí misma. Que sus relaciones de amistad al final terminaban en el limbo, que ella era en cierto modo... invisible para la mirada de otros. Que le faltaba carácter, que para otros solo era una persona poco interesante y aburrida pues.

Ciertamente el mundo inmobiliario era una de las industrias más competitivas del mercado; todo mundo estaba volcado a anunciarse en las redes sociales, crear contenido, buscar clientes, invitarlos a webinars y demás. Algunos logran hacerse de una a dos clientes, y otros están apenas pataleando con la tarea. Liliana se contaba entre esos últimos, siendo honesta: la gente a la que ha contactado de la lista de círculo cálido le dijo que no tenía dinero o que no estaban interesados.

Por ello era que estaba metiendo sus currículos a escuelas y empresas que encontraba dentro de las bolsas de trabajo. Incluso estaba pensando en endeudarse con la finalidad de trabajar ese dinero en un emprendimiento, o dedicarse a la creación de contenido. Pero las escuelas pasaban de largo con su currículo, las empresas a las que se postulaba no la pasaban de la primera ronda de entrevista, y el emprendimiento que tuvo antes de la muerte de su abuela fracasó de manera rotunda hace unos meses. Además, los acreedores la llamaban a su teléfono, exigiendo el pago; el problema era que ella fue solo la prestanombres de su abuela, quien era la encargada de pagar esas deudas que se adquirieron en su momento solo porque el gran salario de jubilada no alcanzaba para el ritmo de vida que llevaban.

De hecho, Liliana se dio cuenta de que el más grande de los errores fue asumir una responsabilidad que no era suya al cuidar a su abuela. Bien pudo lavarse las manos o limitar esa obligación y decirle tanto a su madre como a sus tíos que asumieran sus responsabilidades como hijos. Bien pudo huir de la casa cuando sentía que tenía que hacerlo.

Pero el corazón le decía que no hiciera eso. El afecto que sentía por su abuela era más fuerte que su raciocinio, que los consejos de sus amistades sobre encontrar un trabajo de forma precautoria. Y ahora ella estaba pagando las consecuencias de sus errores.

Las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas. La realización fue dolorosa; la rabia, la frustración y la soledad eran tan intensas que no podía más que llorar. Oraba todos los días a un Dios que ya no escuchaba, o que sí escuchaba pero que guardaba silencio; oraba por un trabajo que pudiera recompensar sus esfuerzos de manera digna, que pudiera encontrar en el nuevo emprendimiento el flujo necesario de efectivo para solventar los elevados costos de renta, servicios y comida.

Oraba y oraba, esperando un milagro. Rogando tan siquiera que le concedieran una entrevista y le dieran ese bendito trabajo. Si lo pensaba bien, no habría ningún problema en rolar turnos; ya se las ingeniaría. No obstante, había algo que ella no estaba dispuesta a sacrificar por un trabajo: sus sueños y sus esperanzas. A ello se aferraba como si fueran las perlas de la Virgen; era quizás el único ancla a su propia humanidad, lo único que la impulsaba a seguir buscando a Dios a pesar de su silencio y a pesar de la fe que ella tenía en él.

El futuro no pintaba brillante para ella. Quizás para nadie, si lo pensaba con detenimiento; todo apuntaba a que el mundo estaba yéndose de forma definitiva a una distopía donde el empleo escasea tanto como el agua y la comida; las grandes corporaciones, infiltradas ya en todos los gobiernos, obligarían a la gente a permanecer en un estado de esclavitud perpetua, sin derecho ni siquiera a una vida digna. El efectivo desaparecería de manera paulatina junto con la libertad económica. Sembrar tu comida ya está penalizado; las grandes empresas te demandan por grandes cantidades de dinero solo porque quieras algo orgánico.

Liliana decidió que trataría de afrontarlo de la mejor manera posible, y si las cosas se ponían mucho más oscuras...

El suicidio sería su solución final, su último acto de humanidad ante la deshumanización de todo.



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