“Que la paz sea contigo…” by @pelulacro

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(English version below)

Hace más de tres décadas, acepté una invitación de uno de mis alumnos para viajar al litoral central, por un fin de semana, a la población de Oritapo, municipio Caruao, del entonces Estado Vargas, hoy Estado La Guaira, unos kilómetros antes de Todasana. Además de Héctor (qepd) mi alumno del Liceo nocturno donde trabajaba, también viajó mi socio, colega y amigo, Jesús G. Díaz quien ahora reside en Miami, Fl.

Los tres abordamos una camioneta pickup Ford 150, propiedad de Héctor y con suficientes provisiones de alimentos y agua potable, nos aventuramos a un largo recorrido que para ese entonces, desde Los Caracas, seguía una angosta y sinuosa carretera de tierra a través de la montaña tupida de bosques por ambos lados. Desde que abandonamos el asfalto de la carretera costanera que une Maiquetía con Los Caracas me sentí atrapado en una expectación porque era la primera vez que viajaba, por esa ruta, más allá de la Colonia Vacacional de Los Caracas. Esperaba encontrar playas en el recorrido pero me impactó admirar un paisaje agreste, muy hermoso, grandes árboles y plantas que con sus ramas y grandes hojas chicoteaban la camioneta, olía a tierra mojada porque llovió pocas horas antes de nuestro paseo y pasamos por varias quebradas o riachuelos.

Al llegar al pequeño pueblo de Oritapo hicimos una parada en una bodega para comprar cerveza y hielo. Héctor conocía al dueño del negocio y a todas las personas que en ese momento se encontraban en el lugar porque ahí, en el pueblo, tenía su pequeña casa de campo a la cual solía ir, por lo menos, una vez al mes, con su familia. Recibimos atención de gente muy amable y cariñosa y la simple parada para comprar tardó varias horas; tomamos cerveza y compartimos con varios residentes del lugar. A menos de 60 kilómetros de Caracas me sentí muy lejos de la contaminación, el ruido molesto del tráfico, el apuro y las preocupaciones laborales, el apremio económico y la inseguridad de Caracas. Aquella gente sencilla de Oritapo, con su risa y sus chistes, sus temas e historias, creencias sobre personajes y fantasmas de la montaña o del río del mismo nombre, la pesca, los turistas, los aventureros que pasaban con sus grandes motocicletas, las bellas mujeres que bajaban de Caracas rumbo a las playas de Todasana en busca de rumbas y de sol, en fin, un cambio radical de lo que dejamos en la capital.

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Fuente: Imagen de David Mark en Pixabay

El tiempo transcurrió y al caer la noche, las estrellas y una luna radiante se adueñaron de nuestra atención y de las solitarias calles de Oritapo. La debilidad del alumbrado público fue superada por un cielo espectacular, salpicado de miles de estrellas y luceros. Muy pronto, grillos y sapos amenizaron con sus voces la atmósfera de la noche. De paso hacia la casa del amigo, éste nos señaló el curso del angosto río. “Me provoca un baño con esa agua fresca”, comenté. “Si quieren, dejamos las cosas y la camioneta en la casa, nos ponemos unos shores y venimos a bañarnos, ha sido un día extenuante” dijo Héctor. “De acuerdo”, dijimos Jesús y yo al unísono. Eran las 9 de la noche.

Fuimos al río descalzos, en shores y franelilla, con una toalla en los hombros y nuestras gorras de beisbol, hacia el río. El experimentado Héctor bajó por las rocas de la orilla y se sumergió en el agua, todo estaba a oscuras; seguimos sus pasos e hicimos lo mismo. Con el cuerpo sumergido, solo nuestras cabezas sobresalían del agua fría y entonces Héctor nos contó la historia de cómo conoció el lugar y logró comprar el terreno y cómo y porqué construyó durante los fines de semana de varios años, con sus propias manos, la casa de dos pisos, con sus jardines y área para cocinar al aire libre con su parrillera. Jesús y yo solo escuchamos su relato y a veces interrumpíamos con alguna pregunta que él rápidamente respondía con su facilidad expresiva.

En algún momento me senté en una gran roca, de la cintura para abajo mi cuerpo estaba en el agua pero no sentí frío. El efecto de las cervezas había pasado por arte de magia o del frío Oritapo. Mis ojos contemplaron el espectáculo de la oscura bóveda celeste con sus miles de luces y a cada rato las estrellas fugaces y bólidos muy brillantes hacían trazos caprichosos como de una escritura cabalística; no sé por cuánto tiempo, mis amigos continuaron hablando y a veces reían pero yo no les prestaba atención porque estaba completamente concentrado tratando de interpretar los mensajes del cielo. Fue inevitable que hiciera un rápido recorrido por mis primeros 35 años de vida, fundamentalmente comparando todos los cielos nocturnos que observé cuando estaba solo en Cumaná, en el castillo San Antonio, en Marigüitar, en Maturín, En Pariaguán, en Mérida o en cualquier playa de la isla de Margarita. Esa noche decidí hacer una casa en este pueblo o un lugar similar, cerca de un río o del mar.

-¿Cómo te sientes Pedro?, ¿Estás bien?- preguntó Jesús Gregorio.
-Está muy tranquilo profe; parece que está absorto en sus pensamientos o se enratonó-dijo Héctor riéndose-¿Todo bien hermano?- Preguntó.
-Todo bien, “la Paz sea con vosotros”- respondí sonriendo.
-“Y con tu espíritu”- respondieron los amigos a una sola voz, riéndose de buena gana.

Aquella experiencia con dos grandes amigos, sirvió para aclarar algunas dudas sobre la existencia y sobre nuestras vidas llenas de compromisos en la ciudad y con la familia. En esos dos días también hablamos de la montaña y el río, el cual recorrimos corriente arriba al día siguiente, de sus plantas y las especies marinas, la comida, las costumbres de los lugareños y de nuestras preocupaciones vitales o familiares. Fue una especie de catarsis donde hablamos y nos escuchamos sin ningún tipo de juicio ni prejuicio. En muchas cosas coincidimos y en las que no, preferimos no imponer criterio revelador del uno sobre el otro. El respeto por el otro fue una regla tácita que nadie impuso pero funcionó.

En lo más alto de la montaña, en el bosque, y contemplando, desde un claro, la inmensidad de los variados tonos de azul de mar y cielo con el lejano horizonte comprendí la grandeza y profundidad de aquella naturaleza y la pequeñez de mis problemas. No sentí angustia alguna, sino paz y bienestar. Decidí entonces que debía construir una casa pero necesariamente no tenía que ser en este lugar sino en cualquier lugar de Venezuela y al mismo tiempo consolidé en mi mente algunos consejos recibidos de mis viejas, de amigos mayores, los sacerdotes, maestras de la escuela, de algunos profesores del liceo y hasta de los vagamundos que conocí en mi adolescencia.

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Fuente: Imagen de Pexels en Pixabay

Esta experiencia la disfrutamos varios fines de semana, durante unos seis meses, en una o dos ocasiones llevamos a nuestras esposas. Visitamos Todasana y La Sabana, entre otros caseríos. La paz y el bienestar no están en un lugar físico: están en nuestro interior. Rigiendo nuestras vidas con normas y pasos simples podemos vivir y convivir en paz con nosotros y con los otros.

Estamos rodeados de gente que suele quejarse y hasta lloran; echan la culpa a los demás. De cualquier simple problema escenifican una tragedia llena de oscuros presagios y suposiciones sin lógica alguna. Algunos reciben atención y ayuda cuando la necesitan pero ni disfrutan del beneficio ni agradecen la solidaridad de los otros. Viven permanentemente hilvanando el discurso del pesimismo y la derrota. No reconocen ni sienten en las palabras o acciones de otros los momentos llenos de humor. Se convierten en gente tóxica. En todos estos temas coincidimos entonces; la amistad, el optimismo y el humor triunfaron en nuestra visión para alcanzar la paz.

En lo personal, mi camino a la paz lo he venido construyendo y aún no concluyo. Construí en cinco años una enorme casa en Pariaguán, Estado Anzoátegui. Pero continúo construyendo mi paz a la par con mi familia desde hace casi cinco décadas. No le exijo a nadie más de lo yo me exijo a mí mismo, ni tampoco le exijo más amor a nadie del que yo pueda dar a otro o darme a mí mismo. No doy para que me agradezcan, pero agradezco lo que tengo y lo poco o mucho que reciba. Podría expresar otros argumentos de peso, pero estas formas sencillas me han servido para construir mi paz, pues deseo que la paz sea de todos.

La paz sea con vosotros.
Gracias por leerme hasta aquí, espero sus comentarios y, si no llega el tuyo, que la Paz sea contigo. Saludos.  

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More than three decades ago, I accepted an invitation from one of my students to travel to the central coast, for a weekend, to the town of Oritapo, Caruao municipality, in the then Vargas State, today La Guaira State, a few kilometers before Todasana. In addition to Hector (RIP), my student from the night school where I worked, my partner, colleague and friend, Jose G. Diaz, who now lives in Miami, Florida, also traveled with me.

The three of us boarded a Ford 150 pickup truck, owned by Hector and with enough provisions of food and drinking water, we ventured on a long journey that by then, from Los Caracas, followed a narrow and winding dirt road through the mountain dense with forests on both sides. Since we left the asphalt of the coastal road that connects Maiquetia with Los Caracas, I felt trapped in an expectation because it was the first time I traveled, by that route, beyond the Colonia Vacacional de Los Caracas. I expected to find beaches on the route but I was shocked to admire a very beautiful rugged landscape, large trees and plants that with their branches and large leaves were shaking the truck, it smelled of wet earth because it rained a few hours before our trip and we passed through several streams or creeks.

Arriving in the small town of Oritapo we stopped at a bodega to buy beer and ice. Hector knew the owner of the store and all the people who were in the place at that time because there, in the village, he had his small country house where he used to go at least once a month with his family. We received attention from very kind and loving people and the simple stop to shop took several hours; we drank beer and shared with several local residents. Less than 60 kilometers from Caracas, I felt far away from the pollution, the annoying noise of traffic, the rush and worries of work, the economic hardship and insecurity of Caracas. Those simple people of Oritapo, with their laughter and jokes, their themes and stories, beliefs about characters and ghosts of the mountain or the river of the same name, the fishing, the tourists, the adventurers who passed by on their big motorcycles, the beautiful women who came down from Caracas to the beaches of Todasana in search of rumbas and sun, in short, a radical change from what we left in the capital.

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Source: Image by David Mark on Pixabay

Time passed and as night fell, the stars and a radiant moon took over our attention and the lonely streets of Oritapo. The weakness of the street lighting was overcome by a spectacular sky, dotted with thousands of stars and stars. Very soon, crickets and toads were making the night's atmosphere livelier with their voices. On our way to our friend's house, he pointed out the course of the narrow river. "If you want, we can leave our things and the truck at the house, put on some shores and come for a swim, it's been an exhausting day," said Hector. "Okay," Jesus and I said in unison. It was 9 o'clock at night.

We went to the river barefoot, in shores and flannel, with a towel on our shoulders and our baseball caps, to the river. The experienced Hector climbed down the rocks from the shore and submerged himself in the water, everything was in darkness; we followed his steps and did the same. With our bodies submerged, only our heads were sticking out of the cold water and then Hector told us the story of how he knew the place and managed to buy the land and how and why he built during the weekends of several years, with his own hands, the two-story house, with its gardens and outdoor cooking area with its barbecue. Jesus and I just listened to his story and sometimes interrupted with a question that he quickly answered with his expressive ease.

At some point I sat on a big rock, from the waist down my body was in the water but I didn't feel cold. The effect of the beers had passed by magic or the cold Oritapo. My eyes contemplated the spectacle of the dark celestial vault with its thousands of lights and every now and then shooting stars and very bright fireballs made whimsical strokes as of a cabalistic writing; I do not know for how long, my friends continued talking and sometimes laughing but I did not pay attention to them because I was completely concentrated trying to interpret the messages of the sky. It was inevitable that I made a quick tour through my first 35 years of life, mainly comparing all the night skies I observed when I was alone in Cumaná, in the San Antonio castle, in Marigüitar, in Maturín, in Pariaguán, in Mérida or in any beach of Margarita Island. That night I decided to make a house in this town or a similar place, near a river or the sea.

-How are you feeling Pedro, are you all right," asked Jesus Gregorio.
-He seems to be absorbed in his thoughts or he got mad," said Hector with a laugh.
-All well, "Peace be with you," I answered smiling.
-And with your spirit," answered the friends in one voice, laughing heartily.

That experience with two great friends, served to clarify some doubts about existence and about our lives full of commitments in the city and with the family. In those two days we also talked about the mountain and the river, which we traveled upstream the next day, its plants and marine species, the food, the customs of the locals and our vital or family concerns. It was a kind of catharsis where we talked and listened to each other without any judgment or prejudice. In many things we agreed and in those we did not, we preferred not to impose revealing criteria on each other. Respect for each other was an unspoken rule that no one imposed but it worked.

At the top of the mountain, in the forest, and contemplating, from a clearing, the immensity of the varied shades of blue of the sea and sky with the distant horizon, I understood the greatness and depth of that nature and the smallness of my problems. I felt no anguish, but peace and well-being. I decided then that I had to build a house but it did not necessarily have to be in this place but anywhere in Venezuela and at the same time I consolidated in my mind some advice received from my old ladies, older friends, priests, school teachers, some high school teachers and even from the vagabonds I met in my adolescence.

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Source: Image by Pexels on Pixabay

We enjoyed this experience several weekends, for about six months, on one or two occasions we took our wives. We visited Todasana and La Sabana, among other hamlets. Peace and well-being are not in a physical place: they are within us. By governing our lives with simple rules and steps we can live and coexist in peace with ourselves and with others.

We are surrounded by people who often complain and even cry; they blame others. From any simple problem they stage a tragedy full of dark omens and assumptions without any logic. Some receive attention and help when they need it but neither enjoy the benefit nor appreciate the solidarity of others. They live permanently spinning the discourse of pessimism and defeat. They do not recognize or feel in the words or actions of others the moments full of humor. They become toxic people. In all these themes we agreed then; friendship, optimism and humor triumphed in our vision to achieve peace.

Personally, I have been building my path to peace and I am not finished yet. In five years I built a huge house in Pariaguán, Anzoátegui State. But I continue to build my peace together with my family for almost five decades. I do not demand more from anyone than I demand from myself, nor do I demand more love from anyone than I can give to another or give to myself. I do not give to be thanked, but I am grateful for what I have and for what little or much I receive. I could express other weighty arguments, but these simple ways have served me to build my peace, for I wish peace to be everyone's peace.

Peace be with you.
Thank you for reading me this far, I await your comments and, if yours does not arrive, Peace be with you. Greetings.  

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Hola, no he tenido de ir a los lugares de su publicación, lo más que he visitado Vargas es Catia la Mar, Las tunitas y el Caribe, bueno que yo recuerde XD, me encanto su historia y déjeme decirle que esa paz que narra logre captarla y sentirla mientras la leía, me imagine los paisajes que describe, es como si hizo un escrito para que nos adentráramos en sus recuerdos y debo decir que lo logró, me fascinó, nos vemos pronto

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Gracias @eollarvesm por tu significativo comentario; muchos colocan musica suave para concentrarse y meditar (yo lo hago eventualmente en casa) pero siempre que puedo prefiero contemplar el cielo nocturno (cosa difícil en Caracas, por el reflejo de la ciudad) desde la costa o desde la montaña; también he tenido experiencias en el llano, en plena sabana y en el bosque. saludos.

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Como @eollarvesm no tuve la oportunidad de conocer el lugar descrito en el cuento. Pero, si tuve la experiencia de conocer muchos otros lugares hermosos de Venezuela, de respirar, sentirme bien, conocer y hablar con gente.
Una de las grandes contradicciones de esta era tecnológica es esperar mucho tiempo para pensar en esa paz espiritual o en el bienestar con uno mismo y con los demás. De hecho, la dependencia en su uso puede provocar aislamiento y deterioro de las relaciones sociales, ya sea con la familia, amigos, el propio cuidado de la salud, la espiritualidad, descubrir nuevas experiencias e incluso, descansar. Pero, resulta que el contacto con la naturaleza como describe en este cuento @pelulacro definitivamente es realmente importante para preservar la mente y mantenerse saludable. Meditar es una buena idea, también caminar, bailar, nadar, o cualquier actividad física pueden ayudar a sentirse bien con uno mismo, para luego poder brindar o trasmitir paz, amor y solidaridad a quienes nos rodean. La paz sea con vosotros.

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GRacias @luisacarola por tu maravilloso comentario que indica a las claras la identificación de fondo del tema del relato; saludos.

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Que bello relato y que capacidad tan extraordinaria para recrear un momento que lleva al lector a imaginarse todo con lujos de detalle, siento que contemplé también toda la escena y quedé con ganas de conocer ese lugar : )

Gracias por este regalo

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Gracias por el comentario @miriannalis ; es un lugar paradisíaco, realmente hermoso y espectacular, se conjugan los ámbitos del paisaje de montañas con bosques tropicales, ríos y el inmeso mar, pequeños poblados a los lados del camino; se puede llegar a estos sitios por la carretera costanera Maiquetía-Los Caracas, Estado La Guaira, o desde el Estado Miranda, desde HIguerote hay conexión hacia Chuspa y La Sabana. Saludos

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Bella historia ademàs con una narrativa muy completa y sencilla a la vez, donde puedo disfrutar de los paisajes perfectamente, gracias a una excelente descripciòn.
Experiencias humanas como esa, son las que nos llenan de paz y alegrìa y le dan sentido a la vida.
Gracias por compartir tu historia y tu aprendizaje de vida.
La Paz estè contigo !!🙏

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GRACIAS @alexis26 por tu valioso comentario y por compartir mi publicación; ciertamente estas experiencias de los viajes por parajes de inigualable belleza pero al mismo tiempo cargados de una atmósfera que te invita no solo al disfrute de un paseo de vacaciones sino a detenerte para tocar y relacionarte con flora, fauna y personas, y muy especialmente esas horas en solitario a la orilla de un río o dentro del río para contemplar y meditar... saludos

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