Vía crucis en el SAIME - Primera Parte

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La historia de hoy, que no es tan historia, porque es completamente real, fueron todas las peripecias y calamidades que tuvimos que pasar para poder sacarle la cédula a mis hijos Ana y Pedro, además, mi sobrina Ángela.


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Todo empezó el Domingo 24. Mi sobrina (Ángela) y mi cuñado (Enrique), se vinieron a dormir para la casa, para que tanto él como mi esposo (Pedro) pudieran salir de madrugada, el lunes 25, para el SAIME (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería).

2:00 am
Sonó la alarma; Yo particularmente no pude dormir pensando que me iba a quedar dormida y se iba a ser muy tarde. Tomaron café y se fueron, caminando, a esa hora, desde mi casa (Urb. Aceiticos) hasta el SAIME (Urb. Vista Hermosa). Es un trayecto de 5 km, aproximadamente. Deben pasar por zonas muy oscuras, ni un bombillito, además de peligrosas.

2:45 am
Pedro me envió el mensaje de rigor, avisando que ya habían llegado. Por supuesto, pregunté lo de siempre: ¿Cómo cuántas personas hay delante?... No respondió. Pero si me dijo que había bastantes personas y que no se iba a devolver, que ya estaban allá y que teníamos que hacer el esfuerzo. Perfecto, dije Yo. Normalmente él es el que siempre deja las cosas “para después”.

5:30 am
Sonó nuevamente la alarma. Ésta significaba que nos tocaba a nosotros irnos al SAIME. Calenté las arepas que había hecho mi hija (Luzero), agarré 3 botellas de aguas y cuando aclaró un poco más, emprendimos nuestro camino.

Ellos, como todo niño, iban hablando, contándose historias, sin ninguna preocupación. Yo, aproveché y le conté como fue la vez que me tocó sacarme la cédula.


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Entre las 6:00 am y 6:45 am


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Hace ticinco de años, en una Venezuela bonita, una y que mal llamada “la cuarta”, mi querida madre y Yo salimos en nuestro pequeño auto a las 6 de la mañana. En esa época no se llamaba SAIME, y la verdad no recuerdo ni como se llamada, pero lo que si recuerdo era que quedaba en el casco histórico.
Actualmente el lugar está completamente abandonado y en ruinas.
A la hora que llegamos, ya estaba una señora, trabajadora del lugar, entregando los respectivos números. Fui como la 5 o 6, algo así. Llevaba un vestido azul y mi cabello medio recogido con una cinta del mismo color.
Con partida de nacimiento en mano, nos dejaron pasar, solo a los niños. Yo recuerdo que estaba súper emocionada.
La primera señora que atendía preguntaba dirección completa; para esa época no teníamos teléfono CANTV, así que ni lo preguntaron.
Luego, pasé a otra oficina, allí me agarraron ambas manos y me colocaron las huellas en un cartón.
Seguido, otra oficina, con la partida de nacimiento, empezaban a llenar a máquina de escribir, por supuesto, un carnet de papel verde, su tamaño era el doble que el de la cédula.
Y por último, nos tomaban una foto. Allí no había para dónde agarrar, como quedaras, así era.
Ese día salimos a las 11 de la mañana y mi mamá me llevó a desayunar, todo un festín.
Ese carnet lo debíamos cuidar mucho, era nuestra identificación por Un Año. Con él nos permitía inscribirnos en 6to grado, era obligatorio.
En mi caso, cuando pasó ese primer año, tristemente el rollo con que tomaron la foto, de veló, quemó, dañó… Total que nuevamente tuve que ir a sacarme la cédula, esperar 6 meses más, y, por segunda vez, el fulano rollo se había dañado.
Yo logré tener mi cédula casi a los 11 años, por las 4 veces que tuve que ir al Centro de Identificación a que me tomaran nuevamente la foto.


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Cuando íbamos llegando y no vi cola, sentí como un alivio en mi corazón, pero, al cruzar y ver la entrada del SAIME, supe que lo que venía era: candanga.

Seguí el rastro de la cola, buscando a Pedro y a Enrique, ellos ya llevaban rato mandando mensajes que nos apuráramos, porque iban a recoger las partidas de nacimiento, y si los niños no estaban iban a perder su puesto.

Seguía y seguía el rastro y no los veía, y mientras más caminaba, más gente había, se suponía, que si habían más de 100 personas delante de él nos íbamos a regresar.

7:00 am
Por fin los encontré, a pepa de ojo, como dicen, eran mucho más de 100, pero, él insistió que ya estábamos en el sitio y debíamos hacer el esfuerzo. Le tomé la palabra.


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Ana, Pedro y Ángela

Saludé a los caballeros y me empezaron a contar que, al llegar, ellos eran como los 70, según su cuenta, pero, cada vez que avanzaba el tiempo, llegaba la gente y se colocaban adelante, de primeros, porque según tenían a “alguien” haciendo la cola por ellos, la otra versión fue: que habían hecho la cola desde el viernes y tenían una “lista”.

Como siempre, la viveza del venezolano… Por eso es que estamos como estamos.

7:30 am
Los Guardias Nacionales, en múltiples ocasiones, intentaban ordenar la cola, pero, los adultos no colaboraban. Yo por mi parte, me coloqué en una esquina solo a ver, observar y tomaba una que otra foto. Para que me iba a poner a gritar si igual no iban hacer caso.


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8:30 am
Lograron medio ordenar la cola y les asignaron los números a los niños. ¡100! … ¡150!... Que va, 202 Ángela, 203 Pedro y 204 Ana.

9:30 am
Empezaron a recoger las partidas de nacimiento para su respectiva revisión. Las primeras 100, luego pasaron unos 30 minutos más y recogieron 100 más, nosotros quedamos para el tercer lote.

El empleado del SAIME al ver las partidas de nacimiento de mis hijos, preguntó si tenía otras, ya que quien firmaba esas estaba en proceso de investigación y no estaban permitidas, gracias a Dios y mi duda por todos los trámites que se realizan en este país, debido a que todo es un problema, excusas y más excusas, me había llevado un segundo juego de partidas, unas legalizadas; y como dicen: Mujer precavida vale por dos.


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11:00 am
Ya el hambre tocaba la puerta, así que los pequeños debían comer. Decidí que comieran por turno, para que no perdieran su puesto en la cola, además, de estar pendiente por si regresaba algún empleado a informar algo.

Aquí, tuvimos Pedro y Yo un problema con el dueño del local que queda al lado del SAIME. Un hombre déspota que solo le importaba su interés personal.

Empezó a correr a todo aquel que estuviera sentado frente (y ni tan al frente) de su negocio. La manera que habló el hombre molestó a Pedro y simplemente ignoró al hombre, se quedó sentado; Yo, como toda esposa y madre, no solo lo apoyé, sino que también me senté y no me fui para ningún lado.


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El dueño del negocio, creyó que me podía amedrentar, así que llamó a sus empleados y les ordenó que nos quitaran del sitio. No nos quitamos. Alegué algo tan sencillo como que: estamos a más de 3 metros de tu negocio, y es lo que por ley te toca por derecho de frente… Y punto.

Siguió el abuso tanto del dueño como de sus empleados, como no nos movíamos, decidió llamar a un Guardia Nacional… No nos quitamos.

Pero, por lo menos al Guardia lo traté con más respeto, porque él a mí así lo hizo. Con toda la calma, porque así me encontraba, le expliqué que mi hijo era un niño especial y que si lo movía mientras comía su desayuno se iba a alterar. El guardia entendió de inmediato y se retiró.

El dueño del negocio cada vez estaba más desesperado porque no nos movíamos, y a mí lo que me daba era risa. Nadie le mandó a ser tan déspota, mandón, mal educado, mala gente y sin corazón.

A él lo que le importaba era que ahuyentaban a sus cliente, por Dios, si se notaba a leguas que a ese negocio no iba nadie, un Bodegón, por favor, los pecios allí deben ser el doble; eso era lo que Yo pensaba mientras me reía.

Por mi parte lo único que le decía a estos personajes era que: hasta que mi hijo no termine de comer, no me muevo de aquí.


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Algo en mi cabeza me dio por acercarme al hombre, dueño del local y le pregunté:

  • ¿Tienes hijos?
  • Por supuesto señora, claro que tengo hijos, y por eso es… (No lo dejé terminar de hablar).
  • ¿y tus hijos?, o ¿alguno de ellos, es especial?

El hombre “peló los ojos”, agachó la cabeza y me empezó a pedir disculpas y a decir que no lo sabía… Claro que no lo sabía, acaso preguntó, No.

Con mucha calma, le expliqué, a los tres hombres (dueño y 2 empleados), que mi hijo era especial, autista pues, y que si le causaba algún trastorno fuera de lugar mientras desayunaba, eso le iba a causar ansiedad y se podía tornar agresivo.

Al parecer el dueño si tenía un poquito de corazón, cambió su tono de hablar por completo e incluso me ofreció ayuda para que los dejaran entrar sin hacer tanta cola, era su derecho dijo el hombre.

Escribí el nombre de mis hijos en un papel y se los entregó a otro empleado del SAIME. Igual no sirvió la ayuda, pero, lo que importó fue la intención. Además, eso me ayudó a entender que podía hacer valer mis derechos como madre de un niño especial y entrar antes.

Yo, por mi parte, decidí quitarme del lugar y los coloqué en otro sitio para que desayunaran. Por el tiempo ya perdido, por todo lo de la discusión, agarré a los tres muchachos y los senté a que desayunaran de una vez, mientras, Enrique se quedaba en la cola pendiente de todo.

12:15 pm
Desayunando. Y a pesar del hambre y la hora, medio se les ve una sonrisa en la cara.


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Esta historia NO QUEDA AQUÍ…

Espero, te cause mucha curiosidad, saber cómo termina.

Nos vemos en el siguiente post.


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4 comments
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Así estamos, amiga. Cualquier tramite se convierte en una tortura. Espero que hayas logrado sacar la cédula a los niños. Éxitos.

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Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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Tremendo via crucis, y no hay más opciones.
Que tu paciencia, esfuerzo y resistencia dean recompensados con la obtención de
ñas tan ansiadas cédulas, @luceroc4

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