Un adiós silencioso (Vida personal)

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Hablar en la distancia cuando llegamos al último tramo de nuestro paso por la tierra tal vez nos hace menos románticos o más realistas, o quizás existe una conjunción de experiencias que nos abaten y de las cuales escapamos cuando nos trasportamos a ese mundo mágico de las letras, es como ir cambiando de esencia, tal como lo hacen de cuero los reptiles.

Hablar en esta distancia de los últimos momentos vividos de mi padre es como redimirme de un amor incomprendido que tuvo marcado por rebeldías y momentos en los cuales las pasiones dieron paso a acciones propias del instante.

Por esos designios de un Dios que nos reclama el amor por sobre todas las cosas, después de toda una vida de distancias propias del vivir del ave que toma vuelo, debimos vivir bajo el mismo techo y compartir las 24 horas del día por varios meses, en los cuales ya de aquel hombre fuerte, obstinado y rígido solo quedaban los vestigios que la perdida de sus dos grandes amores, su hija y su esposa por medio siglo, sumada a su enfermedad, habían dejado.

Verlo tan impotente cada vez que debíamos ir a las diálisis me causaba un desazón que perforaba mis tuétanos y me iban señalando que el tiempo de separarnos estaba cerca, porque sus esfuerzos no correspondían a sus ganas de seguir con nosotros.

Tal vez pueda parecer egoísta el hecho que teniendo aun dos de sus tres hijos él hubiese perdido esas ganas de seguir acompañarnos, pero más allá de la comprensión estaba el hecho que vivió sus más de 70 años con el carburante de ser indispensable para alguien y de ser autosuficiente para recorrer su camino de vida y esto había acabado dos años antes con la muerte de nuestra madre, ya que nosotros, aunque lo necesitáramos emocionalmente no lo era así económicamente.

Hicieron falta más de 50 años de existencia y el descubrir, tras el diagnostico de mi hijo de poseer una condición autista Asperger, heredada por línea paterna que tal vez esa herencia haya sido legado de mi propio padre y que su poca expresividad afectiva no haya venido de su educación machista, como siempre lo pensé, sino de un síndrome que nos hace en muchos casos insensibles, en ojos de quienes no lo saben, o muy poco dados a expresar nuestro amor exteriormente a quienes amamos y que al igual que como hoy mi hija menor logra romper en mí, esa poca expresividad de abrazarnos, besarnos e intercambiar sentimientos, haya sido mi hermana también quien lo haya hecho con él, por lo tanto su perdida fue descomunal y su existencia posterior toda una lucha.

Los últimos días junto a mi padre dejaron en mi corazón muchas preguntas y respuestas, muchas historias mal vividas que lograron mostrarnos que más allá de nuestras continuas diferencias ambos sabíamos que contábamos el uno con el otro y eso nos hacía vivir de cierta manera menos preocupados.

Descubrimos que a pesar de nuestras formas muy desiguales de captar el entorno y de llevar nuestro paso, esencial y sentimentalmente éramos espejos que se habían ido opacando por el correr del tiempo y las perdidas y sinsabores de la vida.

Hicieron falta esos últimos meses, esas repetidas visitas a la máquina de diálisis, esa incertidumbre de irse o acompañarnos, esas lágrimas de temor ante la muerte para tener la seguridad que a pesar de todo nos amábamos, a pesar de las circunstancias que nos colocaron en muchas ocasiones en distancias irreconciliables, por mi rebeldía y su incomprensión producida por los sinsabores de su tortuosa vida. Que esos momentos no recordados de mi infancia cuando apenas era un bebé, el primogénito de su entonces corta vida, no se habían perdido y que más allá de la comprensión del ser existe un amor que Dios nos impregna y con el que nacemos y nos despedimos.

Mi padre fue solo un ser más en estos caminos de la vida, tal vez sea yo el único que alguna vez le escriba algo para recordarlo. Fue sola una persona común que nunca tuvo la intención de trascender más allá de su efímera existencia, a pesar de muchas buenas acciones que en ese transcurrir haya realizado.

Ese último diciembre cuando dejó mi casa para irse a pasar junto a mi hermano las navidades y recibir el año nuevo en la casa que por muchos años lo recibió con sus amores, la casa que sirvió de hogar a su familia, ambos sabíamos que era nuestra última estadía juntos y que ese abrazo no dado era una despedida silenciosa que nos había preparado a ambos para el futuro. Una reconciliación que nos hacía falta para crecer y decrecer y acercarnos más a Dios y al momento de reencontrarnos en otro nivel de existencia.

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