Cuando se detiene el tiempo | Relato |

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Foto original de Pexels | Isabella Mendes

    Llegó lo más rápido que pudo y bajó del auto, tragó seco, se aflojó la corbata, estaba nervioso, lo sabía; hacía años que no visitaba aquel local que, en otrora, frecuentó. Desayunos y Almuerzos los Rosales, apenas al ver el nombre colgando en la, ahora corroída, placa metálica junto a la puerta un montón de imágenes de años pasados invadieron su mente, muchos recuerdos, conversaciones, risas, charlas y hasta peleas vivió dentro de los muros de aquel establecimiento al cual el paso del tiempo golpeó inclemente y lucía ahora una fachada consumida por la suciedad y la humedad; «es apenas un reflejo de lo que fue», pensó y dudó de si realmente la encontraría, pero ya estaba ahí, no perdería nada por entrar. Algo dentro suyo confiaba que, si ella había regresado, de seguro estaría ahí, recordando, así como él recordaba en ese preciso instante. Abrió la puerta y entró.

    En el interior todo era más oscuro, más lúgubre de lo que recordaba. La vieja mesa de pinball ya no estaba, ni los discos de vinilo que decoraban las paredes acomodados en forma de arco, incluso el muro de las celebridades, donde colgaban una foto de cada persona "famosa" que había comido allí, había desaparecido. El lugar ya no olía a hamburguesas, solo a licor fermentado y cigarrillos, no se escuchaban niños riendo ni canciones movidas, en su lugar un ebrio tosía y dormitaba bajo uno de sus brazos, sosteniendo una botella de ron con el otro, mientras que un anciano tocaba una tonada triste en un viejo piano.

    A la distancia divisó a una persona, una señora obesa de tez morena y largo cabello enrulado, a pesar de las canas que ahora le cubrían la mitad de la frondosa cabellera la vieja Beatriz era inconfundible. Se acercó a la barra donde esta quitaba el polvo de unas botellas de licor.

    —Buenas noches —dijo.

    —Buenas —respondió ella, sin mirarle.

    —Quiero uno de esos especiales del viejo Rufo.

    —Escuche, amigo —en su rostro reflejaba cierta tristeza y molestia, claramente el sitio había dejado de ser un restaurante hacía mucho tiempo —, no sé quién se cree que es pero... oh —se detuvo. Lo habían descubierto.

    —Qué bueno verte, Beatriz.

    —Increíble, ¿Sebastián? ¿De verdad eres tú, muchacho?

    —Sí, soy yo. O lo que queda de mí, al menos.

    —Me alegra tanto verte, chico. ¿Cuánto ha pasado?

    —Dieciocho años —respondió, ambos sonreían —. ¿Dónde está el viejo Rufo? ¿Ya se quedó dormido o ahora se la pasa con alguno de estos borrachos? —la sonrisa de se desdibujó del rostro de la mujer.

    —Mi esposo murió, niño, hace diez años —dijo y echó a reír mirando el suelo —. Mírame, llamándote "niño" cuando eres todo un hombre.

    —Lo lamento. Rufo... fue un gran hombre —le tomó una mano con las suyas. El viejo siempre había sido bueno con todo el pueblo.

    —No te lamentes, eso ya pasó —tras unos segundos de silencio siguió —: De todas formas, no estás aquí por mí, ¿verdad? Creo que sería demasiada coincidencia que los dos hayan decidido visitarme el mismo día.

    «Los dos» retumbó en su mente. Quería decir que, como supuso, ella estuvo ahí. De repente volvió a sentirse nervioso.

    —¿Dónde... dónde está ella, Beatriz?

    —Muchacho, no me digas que... —él asintió con la cabeza antes de que terminara de hablar —. El amor, cuando es verdadero, es una fuerza increíblemente poderosa —aseguró y, señalando la última mesa, dijo —: Ella está por allá.

    Una vela posada sobre la mesa le permitía vislumbrar a la mujer, solitaria y cabizbaja, bebiendo de una copa. Él caminó hasta allá. Comenzaron a sudarle las manos y sus pulsaciones aumentaron de golpe, a medida que caminaba en su dirección sentía se alejaba, como si el bar, alguna vez restaurante, se estirara con cada paso que daba. Por un momento pensó que no sería ella, ¿cómo era posible? ¿siquiera podría reconocerla en verdad? Intentó convencerse de que, quizá, era mejor que se fuera. La última vez que la vio ella se mudaba del país junto a su familia, dejando atrás toda una vida y a él con el corazón hecho pedazos.

    Era ella, realmente era ella, lo confirmó cuando, apenas por un segundo, alzó el rostro. Ya no era la niña que conoció alguna vez, ni la adolescente de la que se enamoró pero, de alguna forma, lucía más hermosa que como la recordaba. Ella lo miró de reojo, apartó la vista y miró otra vez, como quien no cree lo que sus ojos ven. Él se detuvo en seco. Ambos se observaban fijamente y en el bar los segundos dejaron de transcurrir, la música se detuvo al igual que todas las personas presentes, excepto ellos dos. Ella se puso de pie, su expresión de incredulidad lograba un extraño contraste de ternura con su sonrisa.

    Hacía años que no pronunciaba su nombre, movió los labios intentando, sin éxito, articular algún sonido, hasta que lo logró:

    —Isabella —dijo, y el tiempo volvió a correr.

 

XXX

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