El Laberinto - Cuento Original


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El laberinto

La maleza era lo único que rozaba mis pies desnudos. Las enredaderas que subían las paredes estaban lo suficientemente pobladas para ocuparlas todas, sin dejar a la vista ningún punto de las mismas. Mientras caminaba, mis manos acariciaban las hojas de las enredaderas; estas dejaban un fluido escarlata sobre aquellas esmeraldas, bañándolas en dolor.

Caminaba, sin encontrar orientación alguna; mis ojos cada vez más pesados, al igual que mis pasos. Cada vez que veía una salida, esta me llevaba a otro camino del cual no lograba salir, y el esfuerzo por mantenerme en pie resultaba doloroso.

Era mi culpa, yo decidí esto, decidí que era lo mejor. Sin embargo, cuando ya todo era un hecho, el miedo me abordó. La cuchilla cayó de mis manos temblorosas, y la sangre resbaló. Lo quería justificar, quería culpar a mi madre por haberme dejado, a mi padre por morir, quería culpar al sistema por dejarme en manos de un abusador.

Había tomado malas decisiones; las drogas y el alcohol eran lo único que hacía llevadera mi vida miserable. Empecé a beber y drogarme a los catorce años, hundiéndome en el vicio que más tarde me ayudaría a sobrellevar los abusos de un padre adoptivo. Él no sentía compasión, no entendía lo que era el amor, lo único que sabía era desgarrar, destrozar, como una máquina infernal.

Días de infierno seguirían por dos años más, atormentándome en noches lluviosas, o en noches cálidas. El vicio se hacía profundo, se arraigaba dentro de mí ser. Hasta que un no esperado día, mi mente no quiso seguir en el juego inmundo de la vida. Llevé mi cuerpo agrietado, mi corazón destrozado y voluntad perdida, hasta el laberinto. Un lugar majestuoso, con verde a sus alrededores y paredes altas ocultas entre las enredaderas. Caminé sin fijarme en los pasillos, sin seguir el camino, solo quería llegar hasta su centro.

Una vez allí, sentada entre la hierba, saqué la jeringa que tan bien conocía mi antebrazo. El liquido diabólico entro en mi sistema, entumeciéndome, desdibujando la realidad. Con una sonrisa, que no podía revertir, situé la cuchilla en mi muñeca derecha, haciendo cinco cortes diagonales, no sentía nada, solo la textura de la sangre en mi mano.

Pero todo pasó muy rápido, la sangre caliente caía en las pequeñas hojas, pintándolas de color escarlata. Mi mente se agudizó, despertó con terror de la niebla infernal. La adrenalina subía por mi cuerpo, haciendo estragos en mis manos temblorosas. Dejé caer la cuchilla, no sin antes haber herido mis dedos. El dolor se hacía punzante, y llegaba a mi cabeza. Aun había rastros de droga en mi sistema, haciéndome caminar torpemente. Quería salir de allí. Sí quería vivir, quería hacer las cosas diferentes, buscar un nuevo hogar.

Los pasos cada vez me resultaban más pesados, y la sangre seguía manando de mis manos, haciéndome débil. Ignoraba mis pies descalzos, mi mente no coordinaba los pensamientos. Acariciaba las hojas, intentando que estas me llevasen a la salida, resultaba esperanzador.

Caí de rodillas, y sentí nauseas. Un vacío en el estomago me hizo temblar. Estaba perdida, sin salida, sin esperanzas. La muerte me aguardaba, me ofrecía su dulce néctar, me recibiría con brazos abiertos al mundo de los no vivos. Y aunque con temor, y con ganas de vivir me encontraba, no pude hacer más que tomar su mano.

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Gracias por su atención.




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