¿Y tus botas? / relato

in Literatos3 months ago


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Gritos, euforia, alegría, miedo, lo recuerdo como si fuera ayer.

Tenía entonces 14 años, cuando mi grupo de amigos y yo nos escapábamos todos los días después de comer a la veguita, una zona solitaria y boscosa donde crecían plantas de caña de azúcar y plátanos, rodeada por un río espectacular al que pocos se atrevían a ir porque el trayecto era un poco molesto. Había espinas que te herían con mucha facilidad si no tenías cuidado y garrapatas que se pegaban a tu ropa buscando tu piel para sacar toda la sangre posible. A nosotros no nos importaba, de hecho conocíamos una forma de evitar el 60% de las plagas y la maleza, nos gustaba ir a pasar el rato allí, estaba bendecido por Dios ya que el agua era tan clara que podías ver peces de colores, y tenía un precioso tobogán natural hecho por una enorme roca resbaladiza donde para llegar a él tenías que cruzar una parte del río, subir una montaña bastante alta y luego saltar hasta ella para poder pararte en el borde y deslizarte hacia abajo, bajando en picada a gran velocidad, cuando tocabas el agua tus pies no sentían el fondo, ¡era tan loco y divertido!

Mi abuelo de 94 años siempre me decía que tuviera mucho cuidado, porque la veguita guardaba secretos y aunque parecía estar equivocado en su creencia, había algo en esa zona que en el pasado, incluso en el presente no sabría explicar exactamente. Sin embargo, sus consejos me entraban por un oído y me salían por el otro. Tengo que confesar que mis padres y mi abuelo me regañaban todos los días, no sólo por salir y pasar horas en la veguita, sino también por esa costumbre de estar descalzo, la única forma de usar zapatos era para asistir a la escuela o porque tenía que acompañar a mis padres a otros lugares.

Pero un fin de semana como cualquier otro, al llegar a casa del colegio me quité el uniforme y comí a toda prisa para salir con mis amigos al río, estaba ansioso porque teníamos más de una semana sin visitarlo debido a los exámenes finales. Empaqué mis cosas, mi anzuelo de pesca, unas galletas, medio litro de jugo y un pedazo de queso amarillo para merendar a las -3 de la tarde. Salí descalzo, cuando estaba cruzando la esquina para llegar a la plaza a esperar a los demás escuché el silbido de mi padre, eso podía significar dos cosas: 1 Que tenía que hacer alguna tarea pendiente para ayudar en la casa antes de salir o que no me daba permiso para ir. Volví enfadado pensando en las razones de mi padre para hacerme volver y cuando llegué a la casa mi padre me lanzó una pesada bolsa casi aplastando mis pies.

— ¿Qué es eso padre?
— ¡Es un regalo para ti, campeón!
— ¿Para mí? Pero, hoy no es mi cumpleaños y aún no he pasado de curso, estamos en evaluaciones.
— No tiene que ser una fecha especial para hacerle un regalo a mi único hijo, ¿no?
— Tienes razón, papá, pero ¿qué es?
— Si no lo abres no sabrás lo que hay dentro.
— ¿Qué? ¿Un par de botas?
— Sí, botas como las que uso para trabajar, póntelas.
— Pero papá estas son muy pesadas, son peores que las que uso para la escuela.
— Úsalas si todavía quieres salir con tus amigos, y pobre de ti si te vuelvo a ver descalzo, ¿entendido?
— De acuerdo, padre, lo haré.

Tuve que soportar las burlas por mis nuevas botas, me sentí extraño, caminé con dificultad, pero luego lo olvidé. Al llegar al lugar, me di cuenta de la suerte que tenía de poder disfrutar de un paisaje tan hermoso y aunque todos nos quitamos la ropa emocionados por saltar y competir quién levantaba más agua había algo en mí que me alertaba, era un silencio extraño como si nuestra presencia ese día no fuera bienvenida. Sin embargo me relajé un poco, me quité las odiadas botas, corrí, salté y me agarré las piernas pegando las rodillas al pecho para caer al agua como una gran roca que causa un gran efecto y levanta el agua. Nos divertíamos demasiado, hacíamos un ruido tremendo, tirábamos piedras, nos deslizábamos por el tobogán, en total éramos 6 locos que no pensamos en volver a casa hasta las 5 de la tarde aproximadamente.


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El más joven de nosotros tenía 12 años, era un poco gordito y lento, le llamábamos neumático porque en vez de caminar tenía que rodar, no se molestaba, siempre hacía bromas y decía que era un neumático de camión.

Todo iba bien, hasta que a los demás se les ocurrió lanzar una enorme roca desde la montaña que usábamos para llegar al tobogán, querían ver qué efecto causaba al chocar con el agua, me sentí cansado y me quedé en el agua flotando mientras esos tontos se esforzaban por llegar con la roca. Me quedé tranquilo pensando en mi familia y en lo afortunado que era aunque me hicieran hacer cosas como si fuera un bebé, la paz del lugar era genial para conectar con la naturaleza, aunque uno de los chicos rompió mi tranquilidad con un grito que resonó por todo el lugar, ¡eh tonto lo logramos! qué raro los pájaros comenzaron a salir de los árboles, pero no había brisa y no creo que el grito los hubiera asustado de esa manera. De repente el agua ya no era clara, se había vuelto marrón y más rápida, me confundí e intenté nadar hacia la orilla pero algo me sujetaba las piernas y no podía moverme, mis pies tocaban algo viscoso que me daba asco y empecé a gritar a los chicos pidiendo ayuda, pero se estaban preparando para lanzar la piedra y también estaban demasiado altos para entender mi mensaje.

De pronto recordé las palabras de mi abuelo, "la veguita guarda muchos secretos joven" entonces entendí que ese día y los demás nunca estábamos solos, siempre nos vigilaban y todo tiene un límite.

Mis amigos soltaron la roca y todos se colocaron para deslizarse por el tobogán, el tiempo se detuvo y comenzó a moverse en cámara lenta, pude ver con claridad, mis ojos ya no tenían el velo habitual. Bajaron y la roca también descendió muy lentamente, al acercarse al agua, cerca de mí se formó un remolino y en el centro parecía abrirse como la garganta de un monstruo preparándose para tragarme. Ya no podía gritar, me quedé sin palabras, pues vi salir de allí una figura negra, un animal, un caballo y su jinete, ambos sin cabeza, y del cuello del animal brotaba fuego y gusanos que intentaban alcanzarme.


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Repentinamente, el jinete levantó un brazo y en él tenía una espada, el caballo se paro sobre sus patas traseras preparándose para caer y quizás dar más fuerza a su amo para cortar mi cuerpo en dos. Los gritos de todos me hicieron despertar, oí que me llamaban aterrados observando lo mismo que yo, y entonces lo que me sujetaba las piernas me soltó y nadé muy rápido hasta la orilla. Todos empezamos a huir de aquella cosa y fue realmente aterrador, el ambiente cambió, ya no era de día, ahora todo era oscuro y tenebroso y oímos murmullos que nos pedían que no volviéramos más. Estaban cansados de nuestras visitas y del ruido que generaban nuestras risas. Corrimos y corrimos, sentí que las espinas me cortaban la piel, pero lo único que quería era ver a mi familia y refugiarme en mi casa. Cuando llegué, casi sin poder acomodar mis palabras, quise explicar lo que había sucedido a todos, pero mi padre preguntó:

— ¿Dónde están tus botas?
— Las botas, ¿eh?

Las había dejado con mi ropa, porque llegué a casa desnudo y con un ataque de pánico. Esa misma noche mi padre me castigó, me prohibió volver a la veguita, como si me atreviera a ir de nuevo pensé, recuerdo que le pedí a mi madre que se quedara conmigo aunque ella no se opuso, tampoco me creyó.

Pero a medianoche todo dio un giro diferente, alguien llamaba frenéticamente a la puerta, me asusté y abracé más a mi madre, oí voces, un hombre y una mujer, la mujer lloraba desesperadamente y entonces se abrió la puerta de mi habitación, fue entonces cuando mi padre dijo: "Sal, los padres de uno de tus amigos necesitan preguntarte algo".

Sentí que me iba a morir de tristeza, neumático nunca volvió a casa como todos los demás, estaba desaparecido y nadie sabía su paradero, pero ¿cómo me iban a creer, si los demás no querían hablar de lo que vimos en el río?

Esa misma noche se formaron grupos de búsqueda junto con la policía y durante más de dos semanas lo buscaron, pero Neumático nunca apareció, incluso en el pueblo pensaron que lo habíamos asesinado y escondido su cuerpo.

Actualmente tengo 34 años y aún lo recuerdo, ahora respeto al espíritu que vigila el agua, ahora me gusta usar zapatos.


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