El cuchillo del Gaucho (parte final)

in GEMS6 months ago

El cuchillo del Gaucho (parte final)

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Aquella vez Horacio notó mi interés por la historia del cuchillo, y no se guardó ningún detalle, comenzando por su abuelo, un aventurero alemán que desde muy joven se convirtió en navegante, y por muchos años se mantuvo en su oficio, hasta un día en que arribaron a las costas argentinas y ya no quiso para sí la vida de aventurero, sino que formó un hogar en los bosques de Villa Gesell, frente al inmenso océano que le seguía trayendo los recuerdos de tantos años viviendo en el mar.

Antes de regresar, después de 10 años viviendo fuera de su país, Horacio pasó por mi casa a buscar su reliquia, y sentí el pesar de las despedidas, tanto del amigo como del cuchillo al que siempre sacaba para contemplarlo y ocasionalmente para mostrárselos a personas que sabían apreciar el valor de aquel objeto que suscitaba respeto y admiración por su elaboración tan sofisticada.

Al tiempo de haberse ido recibí un día una llamada y era el amigo argentino, para darme sus señas, antes de contarme el vuelco que había dado su vida. Ahora vivía en la cabaña de la familia que daba frente al océano. Con los días fuimos comunicándonos con más frecuencia, hasta detallarme la reconciliación que vivió con sus costumbres, sus paisajes, y todo lo que rodeaba su existencia en ese momento. Cuando pude, le pregunté por el cuchillo y se tomó tiempo para contarme la particular experiencia que había tenido con un talabartero de los viejos, al que le llevó el cuchillo
para que le hiciera una funda.

Cuando el maestro vio el cuchillo, le preguntó si sabía lo que tenía entre sus manos. Horacio le contó la historia de su abuelo, y el maestro le hizo saber que también era cuchillero de tradición.

Le pidió que regresara como al mes y que no se preocupara, que él sabía lo que tenía que hacer. Al mes, volvió a la talabartería y todavía no estaba terminado. Le pidió al maestro que le mostrara como iba la funda, pero el viejo no quiso mostrarle nada, sino que lo mandó a volver en otro mes.

A los segundos treinta días estuvo puntual en la talabartería, y lo que encontró fue más bien una obra de arte, en vez de una funda, como él esperaba. Su alegría no tuvo límites al ver aquella vaina de cuero tratado, con unas costuras completamente artísticas; unas incrustaciones entretejidas de cabuya vegetal, y un cinturón que se adhería al costado, como lo cargaban en los países mongoles, en un tiempo que no era el nuestro.

Me demoré un poco más -me comentó Horacio que le dijo el artesano- porque no encontraba el tipo de hilo que se usaba antes, y estas láminas vegetales que Ud. ve aquí, las secan en verano, y no tenía como conseguirlas, hasta que una persona que conoce de fabricación, me facilitó algunas que guardaba.

Horacio se mostró profundamente agradecido, y le preguntó cuánto le debía, pero el talabartero no le respondió. Insistió una y otra vez, hasta que el viejo se le plantó y le dijo: “No me debe nada, amigo. Primero porque no tendrías cómo pagarme, y por otra parte, porque, fue un regalo para mí tener la oportunidad de trabajar sobre una pieza que ya nadie sabe cómo hacerla. Lo aprendí de mi padre, y mi padre de su padre, y no creo que queden muchos conocedores en este tipo de oficio. Cuando yo muera, desaparecerá esta tradición, al menos en lo que yo conozco de mi gremio, porque ahora no se trabaja con las manos y el corazón, sino con máquinas, y de esa forma, las obras no tienen espíritu”. Eso me lo contó Horacio cuando el artesano todavía estaba vivo, pero después que murió, regresó al pueblo donde vivía el maestro, y se enteró de que todos los materiales de su trabajo, desde los hilos y las agujas, hasta los tintes y el tratamiento de los cueros, los elaboraba el mismo maestro trabajando en su soledad nocturna, y sintió la presencia del talabartero, ligado para siempre por medio de una funda y un cuchillo a su abuelo, a él mismo y a quienes heredaran aquél objeto a través de generaciones. Comprendió entonces plenamente las palabras del maestro, de que su trabajo no tenía precio, porque estaba hecho con las manos y el corazón, y por eso tenía espíritu.

En todo el trayecto de regreso se hundió en el silencio que impone el misterio. Al llegar, guardó el cuchillo y la funda en un lugar seguro, y desde ese día, pocos, muy pocos amigos saben que guarda un tesoro irrepetible, un tesoro del que prefiere no hablar.

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