Travesura de primos

in GEMS3 months ago

Hola, gente de bien. Les dejo este relato para su lectura y disfrute.


Travesura de primos


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Victoria Margarita y yo éramos primas en segunda generación pues nuestros padres eran primos primeros. Ellos vivían en sus propias viviendas pero nosotras vivíamos en la casa que había heredado nuestra abuela Catalina; nos llevaron allí desde pequeñas porque la abuela enviudó y necesitaba compañía ya que todos sus hijos habían hecho familia en otros lugares y ella se sentía sola, aunque los hombres se turnaban para acompañar a su madre por las noches.

Allí también vivía Sara, mi tía menor, que recién había llegado de estudiar en el exterior. Margarita –como la llamábamos todos– dormía con la tía Sara y yo con la abuela, en habitaciones distintas. Por unos años fue un espacio para nosotras solas hasta que llegó el primo Julio, quien había venido a estudiar a la ciudad porque en su pueblo se había caído la escuela a causa de un temblor; era un poco mayor que nosotras, pero un muchacho al fin y al cabo.

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Los tres íbamos juntos a la escuela; a la salida nos reuníamos en el portón para regresar jugando cualquier cosa por aquellas calles efervescentes de inquietos niños. Después de regresar de la escuela, Julio se iba con los chicos de la cuadra a practicar deportes de varones, a los que –para nuestra desgracia, decíamos– no teníamos acceso.

Casi todas las tardes, en el corredor de aquella vieja casa de mi infancia, Margarita apoyaba su pequeña cabeza rizada sobre mi espalda y me contaba sobre sus amores escolares con una pícara sonrisa. Nos encantaba imaginarnos nuestras vidas futuras, qué estudiaríamos, con quién nos casaríamos; yo pensaba en irme al exterior a estudiar diseño, como Sara, y Margarita solo en casarse y tener sus hijitos, como Susanita, la de Mafalda. Hacíamos muecas y teatralizábamos escenas de esa vida futura. Y todo eso nos daba muchísima risa. Cosas de muchachas, decían las viejas cuando escuchaban nuestras carcajadas, a veces imparables.

Una tarde Julio no fue con sus amigos y se quedó conversando con nosotras. Yo le sentí inmediatamente el olor a cigarrillo que llevaba encima. Lo interrogué y se negó. Le dije que si yo había podido olerlo también lo harían los demás. Tío Fidel se molestará mucho si llegaba a saber que su hijo, de apenas 12 años, ya fuma, le argumenté. Julio afirmó, muy convencido, que eso no era nada malo, que todos los muchachos del beisbol lo hacían. A Margarita se le agrandaron los ojos cuando escuchó aquello y la curiosidad le cubrió todo el rostro. Le preguntó que si era muy difícil aprender a fumar y él respondió que no. Entonces, enséñame, dijo ella. Yo quería matarla pues parecía que no había escuchado lo que dije antes. Él le dijo que en la noche, a las 12 en punto, hora en que todos estaban rendidos de sueño, se acercara al tanque de agua que estaba en el patio, que allí la esperaría. Ella confirmó su asistencia con un movimiento de cabeza. Yo les dije que estaban locos.

Nos fuimos a dormir a la hora acostumbrada; pero yo estaba pendiente de que esos dos iban a fumar y no sabía qué hacer. Me levanté sigilosamente y llegué hasta el tanque; allí estaban los dos, sorprendidos de verme pues creían que los iba a delatar. Pero mi curiosidad por aquella situación era muy grande. Julio me dijo, en voz muy bajita: Vamos, mi prima hermana, no va a pasar nada. Sacó tres cigarrillos de una cajetilla y los prendió. Antes de dárnoslos, nos indicó lo que debíamos hacer: Pónganselo en la boca y chupen lentamente, mantengan el humo en la boca y traguen y después lo expulsan poco a poco, dijo muy quedo. Lo intentamos, pero tanto Margarita como yo nos atoramos, se nos salieron las lágrimas, el humo nos salió por la nariz y empezamos a toser. Julio nos daba palmadas en la espalda, intentando calmarnos; nosotras no sabíamos si llorar, reír o gritar. Aquello sabía horripilante y nos dio un ataque de tos tan fuerte que despertamos al tío Manuel, de turno esa noche, que dormía en una hamaca cerca del tanque. Nos atrapó a los tres con los cigarrillos en las manos, imposibles de ocultar, y nos dio tal regaño que empezó diciendo Victoooooria Margariiiita… y por ahí siguió la cantaleta. Con los gritos se despertaron la abuela Catalina y la tía Sara y, cuando se enteraron de lo ocurrido, nos dieron a cada uno tres chancletazos tan fuertes que, cuarenta años después, todavía me duelen. Y nunca más lo intenté de nuevo…


¡Gracias por su lectura!

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jajajajaja. Buenísimo! Bai..les.. de muchachos! tú sales lo que quiero decir...
Esta parte me hizo recordar mis juegos en el porche de la casa con mis amiguitas:

Cosas de muchachas, decían las viejas cuando escuchaban nuestras carcajadas, a veces imparables.

La risa imparable, espontánea y despreocupada es parte de esa niñez feliz.
Un gran abrazo @alidamaria