El espejo de mi cuarto // Cuento

in Cervantes3 months ago (edited)

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Yo comencé a evitar los espejos cuando empecé a ver a una niña en el espejo de mi cuarto. Me tomó un buen tiempo darme cuenta que solo la podía ver en ese espejo: mi espejo. Era bastante complicado; ya en casa me tomaban como un bicho raro, así que nunca dije nada. Es que yo no soy una persona normal y siempre lo he sabido. Lo he intentado disimular, pero no se me ha dado bien. Las personas siempre huyen de mí, me hacen a un lado, me dejan solo, me mienten. Aunque parezca una historia triste no lo es. En el fondo siempre me sentí a gusto con mi anormalidad. Prefería las pinturas, la música, los libros, el silencio que la compañía de muchas personas. Y eso era lo que entendía que ocurría cada vez que pasaba por el espejo de mi cuarto y veía a esa hermosa niña delante de mí. Que era parte de mi anormalidad. Porque no veía mi reflejo, solo la veía a ella. Cabello rizado, ojos castaños, con jean y camisa de botones, y un par de zapatos Adidas superstar bastantes desgastados. No voy a fingir que no tenía miedo de lo que pasaba. Tenía miedo de mis padres, tenía miedo de mis hermanos, tenía miedo de contarle a alguien. ¡Por Dios! Hasta tenía miedo de mí mismo. Una mañana sin previo aviso, antes de salir a clases, metido en ese horrible uniforme escolar, en un tremulante deseo de huida, deseé atravesar el espejo y estar con ella. Cuando uno es niño las inseguridades están descontroladas y querer huir parece ser la mejor respuesta a todo. E incontrolablemente toqué el espejo, y lo atravesé. En un parpadeo me vi con la niña tomado de la mano. Ingresé a su mundo. Su cuarto era exactamente igual al mío. La acuarela, los posters de música, la radio, hasta los dibujos que había hecho en la pared hace varios años. Estaba mi pequeña colección de discos tirada en la misma esquina junto a los libros. Era asombroso. La única diferencia eran los tonos de colores en las paredes, el ambiente, en el aire. Era un todo opaco, pero con algunos colores que se volvía bastante cálidos en ocasiones. Era una especie de palpitación. No se quedaban en una tonalidad permanente. Se avivaban y se apagaban en un pulso más o menos de 150 negras por minuto. Tal vez un poco menos, nunca fui muy bueno para llevar el pulso musical. Allí pasé un día completo. Cuando comenzó a atardecer escuché la voz de mi mamá que me llamaba. La niña, sin haberme soltado de la mano nunca, me levantó y me devolvió a mi mundo.

Cuando salí, solo había pasado exactamente 10 minutos. Mi papá estaba tan agitado y apurado que mi mamá casi me llevó hasta el auto cargado para no llegar tarde a clases y ellos poder ir al trabajo. Yo volví a intentar atravesar el espejo cuando regresé de clases, pero parecía inútil. Lo intenté durante días. Sin darme cuenta me quedaba admirando el espejo y a la niña largas hora encerrado en mi cuarto. Ya hasta se comenzó a volver un ritual. Colocaba música, a veces jazz, a veces algo clásico, pero lo que más escuchaba era Ricardo Montaner y Franco De Vita. Ellos embelesaban el ambiente de tal modo que la nostalgia de querer volver a estar en ese mundo se hacía tan grade que era imposible que cupiera dentro de mí mismo. O de mi propio cuarto. Era una especie de levitación y todo el resto del mundo desaparecía quedando la niña y yo. Sin espejos, sin paredes, sin cuartos, sin padres apurados, sin tiempo alguno, sin mundo mismo. Con el tiempo fue que me di cuenta que era una transformación sentimental. Era como transformarme en ella, así sentía que ella estaba conmigo. Con los días comencé a sentir que ella estaba conmigo todo el tiempo, que me acompañaba a todos lados. Había días que esa sensación era más fuerte que otros días. Tanto era que, cuando quería ir al baño, le susurraba “espérame aquí, por favor”. Comencé a hablar solo, de pronto me vi contándole todo en secreto. Lo cual me hacía ver más raro de lo que ya era. Así que mi hermano mayor se burlaba de mí y mi novia imaginaria. Mis padres tenían sus propios problemas, así que realmente nunca estuvieron muy pendientes de mí ni de las burlas que recibía.

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Mamá, de la nada, había renunciado. Bueno, realmente no fue de la nada; papá se lo pidió de una manera muy forzada. Mamá ya no pudo ocultar más los moretones ni los dolores por los golpes. Así que por miedo a que descubrieran la verdad en el trabajo, renunció. Esa tarde las cosas se pusieron mal en casa y en medio de los gritos y la pelea me encerré en mi cuarto, puse algo de música, me coloqué mis audífonos y me senté frete al espejo. Cerré los ojos tan fuerte y deseé tanto estar del otro lado que cuando los abrí allí estaba. Pero estaba solo, la niña no estaba. Ella estaba en mi lugar. Del otro lado del espejo, con los audífonos puestos y con los ojos cerrados. Lloré por horas, grité, pataleé. No solo por mamá, no solo por papá, no solo por ella. Era por mí. Todo era por mí. Yo no quería que nada de esto estuviese pasando. Deseé no ser yo, deseaba ser alguien más con una vida menos complicada, deseaba no ser tan extraño para el mundo y así tener un lugar real donde ir en vez de estar atrapado del otro lado del espejo de mi cuarto. Deseaba tantas cosas que no sabía qué desear. Sentía tantas cosas que no sentir era la mejor opción. Lloré y lloré, volviendo a llorar otra vez, hasta el punto de quedarme tirado en el piso sin moverme, sin hacer absolutamente más nada que llorar.

Sin darme cuenta me quedé dormido entre mis lágrimas, entre la poca inocencia que quedaba en mi vida. Si es que en algún momento fui inocente. Me desperté por culpa de mi hermano que vino a despertarme, pero no era yo. Yo era la niña, yo estaba en el otro lado del espejo. Él no se dio cuenta de nada, para él todo fue normal. Vi cómo se llevó a la niña consigo. Yo intenté salir, pero no pude. Y realmente no me importaba, no tenía el ánimo suficiente como para que me importara. Salí del cuarto y me fijé que todo era igual. Allí estaba mi familia, o una familia parecida a la mía, igual a la mía. Porque mamá tenía unos nuevos moretones, bueno, viejos solo que se volvieron a formar. Papá estaba tomando una cerveza y viendo la televisión. Mi hermano no estaba, como siempre, y yo volvía al cuarto. Me coloqué de nuevo los audífonos y volví a dormir. A la mañana siguiente la niña estaba en el espejo con mi uniforme, tenía que ir a clases, como yo, solo que de este lado a nadie parecía importarle. Intenté cruzar el espejo sin resultado alguno. No me atreví a ir a la escuela, así que me quedé encerrado en el cuarto. Por la tarde volví a intentar cruzar pero nada pasaba. Yo seguí llorando tirado en la cama; quería volver, quería sentir que todo era normal. Una sensación que nunca he conocido y que pensé que conocía solo porque no estaba en mi propio cuarto.

El tiempo transcurrió y comencé a vivir en el espejo. Ya nada tenía sentido. Para todo el mundo de este lado del espejo yo era la niña y la niña era yo. Nunca se preguntaron qué pasó con mi cabello, el cuerpo delgado y delicado que tenía, con la belleza dulce femenina que bordeaba mi cuerpo. Y me imagino que nunca nadie se dio cuenta que la niña en mi lado del espejo era yo, y que ya no era un niño. Y se hicieron las mismas preguntas. Me imagino que a nadie le importó. Así llegué a este mundo, cruzando el espejo de mi cuarto.

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Primo, bienvenido de vuelta, se le extrañaba por estos lados. Bendiciones.

JR.

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