Encuentro inusual (Relato)

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La conocí en una época en la cual las protestas callejeras por mejoras en los servicios estaban en su punto máximo de ebullición.

En uno de los tantos lugares de comida rápida que se han multiplicado en la ciudad, como flores en pleno invierno, y han ido cambiando las costumbres locales.

Como ciudadanos ordenados, esperábamos en fila india para hacer nuestro pedido y pagar, ella estaba detrás de mí, con inusuales lentes oscuros, camisa holgada, pantalones jeans y movimientos nerviosos que hacían que cada cierto segundo se tropezara con mi espalda.

Mis pensamientos, como resortes desgastados de alguna cama de motel, intentaban darle forma al nudo de una novela que estaba escribiendo, por lo que mi presencia física era solo la parte biológica que en forma de materia se podía palpar.

Cuando me faltaba apenas una persona para que llegara mi turno llegó una muchacha corriendo, le dijo algo a ella y se fue.

En mi regreso a la realidad después de matar algunas ideas, solo pude escuchar la palabra policía.

Ella tocó mi hombro, me dijo que tenía una emergencia y que si podía intercambiar puesto con ella.

Su voz era calmada y dulce, como la de un pajarillo del campo, pero sentía que la misma estaba cargada de angustia, sin embargo le cedi mi lugar.

Compró varias hamburguesas, por lo que supuse que serían para su grupo familiar.

Mientras esperábamos la orden, ella fue un momento al baño, me dio su ticket y me pidió que le recibiera y guardara su pedido mientras regresaba.

La vi alejarse y mi cerebro, como policía de tránsito que detalla un vehículo para conseguir alguna excusa para detenerlo, fue procesando las medidas corporales de ella.

Piernas largas con muslos firmes, espalda sexy, pocas personas admiran esa parte de la anatomía de una mujer, tal vez yo soy extraño, pero desde que leí que Hitler hacía jabones con la piel de ese lugar de los judíos, me interesé por ella, glúteos proporcionales a su cuerpo, que podían hasta tocarse con los ojos gracias a la tela de su pantalón y cabello rizado.

Con esa imagen volví por unos minutos a escaparme de la realidad y a inventarme escenas para la novela, para los presentes de seguro era alguien pensativo, con algún problema o simplemente un joven enamorado.

Salieron ambos pedidos al mismo tiempo, la bandeja con la hamburguesa, las papas fritas y el refresco, y la bolsa donde estaban las pedidas por ella.

Las llevé a una mesa que me permitiera ver cuando saliera y que ella pudiera notar que su comida estaba resguardada.

Su tardanza me preocupó, terminé de comer y aún no había salido.

Estuve tentado a ir hasta la sala de baño pero imaginé que sería estigmatizado como un pervertido y era cliente asiduo al lugar.

Unos quince minutos después lo hizo, con cara de preocupación, sin embargo mi cerebro que es un voyerista descarado, como si fuera una máquina de tomografía externa almacenó el resto de su fisionomía.

Rostro de una joven de unos veinte años, con pómulos altos, nariz respingona, labios carnosos sin pintar, piel morena, senos que se adivinaban medianos, ya que la blusa no permitía detallarlos, cintura estrecha pero no de modelo y caderas normales.

Me vio inmediatamente al salir y se dirigió hasta donde estaba.

Me levanté y en una acción osada le pregunté, tras ella disculparse por el tiempo que se tardó, si la podía llevar hacia algún lugar.

Me miró, creo que al igual que yo hice antes, su cerebro a la velocidad de la luz, hizo un perfil anatómico de mí, hizo un gesto indescriptible con los labios y me respondió que era muy amable pero que la vendrían a buscar.

Salió con la bolsa, llamó a alguien por su celular y se colocó en la puerta trasera del establecimiento, casualmente mi auto estaba estacionado en ese sector, y me fui hasta él.

No lo encendí sino que esperé que ella se fuera pero no lo hizo.

Pude verla caminar impaciente de un lado a otro hasta que recibió una llamada al celular y pude adivinar por su reacción contrariada que no la vendrían a buscar.

Caminó unos pasos en dirección a la calle y yo como caballero feudal, tras encender el auto, llegué a su lado.

Insistí en llevarla y esta vez lo aceptó.

Se embarcó en mi deportivo nada lujoso, ya que era un viejo dinosaurio que con esfuerzo pude recuperar.

Me dijo que podía dejarla en la vía, a pocas cuadras ya que vivía en una residencia estudiantil, por lo que supuse la razón de su pedido.

La ciudad estaba militarizada, con alcabalas policiales por todos lados.

Ella iba silenciosa, pensativa, preocupada, yo estaba acostumbrado a esas huidas hacia espacios menos tangibles y no la molesté.

Sin embargo, como alguien que regresa de alguna pesadilla, la aparición repentina de dos autos patrulla que nos bloquearon el paso la hicieron saltar del asiento.

En un gesto instintivo le apreté el brazo para calmarla, cuando intentaba abrir la puerta, que gracias al seguro que se activa automáticamente cuando se cierra, no se lo permitió.

El policía llegó hasta mi ventanilla y me preguntó dónde me dirigía, le respondí que a mi casa con mi novia.

Me dio un sermón acerca de la situación de las protestas y a la posibilidad que las mismas fueran dirigidas por grupos subversivos urbanos y el hecho que corría peligro al andar en la calle a esas horas.

Luego pidió nuestras identificaciones y yo, que tenía una credencial que me identificaba como un alto funcionario del ejército, regalo de un compañero de infancia cuyo padre es General del mismo se lo mostré.

Nos dejó ir sin más palabras y después de rodar unos minutos, ella por primera vez habló y me preguntó que le era lo que le había mostrado al policía para que este desistiera que le mostráramos nuestras identificaciones.

Le respondí que era una credencial militar, se quitó los lentes oscuros y pude ver en la semioscuridad sus ojos negros y penetrantes que trataban de escarbar mis pensamientos y finalmente me preguntó si era algún oficial gubernamental.

Con gesto despreocupado le respondí que no lo era, que era escritor, que esa credencial fue regalo de aun amigo y que me había abierto muchas puertas cuando investigaba algo.

Se colocó de nuevo los lentes, respiró aliviada, cambió de idea y me dio la dirección exacta donde vivía.

La llevé hasta el lugar y antes de bajarse de mi auto, en un gesto de agradecimiento me dio un beso en los labios.

Fue algo rápido que me sorprendió y con un gesto fatalista me dio las gracias y me dijo que le había salvado la vida.

Me dio escrito en un papel su número celular y me invitó a escribirle cuando quisiera para conocernos y volver a encontrarnos.

La vi entrar y me fui a mi casa a seguir cayéndome a golpes con la novela.

Había sido un encuentro inusual lo que había pasado.

Al llegar le escribí al celular y le dije que ya había llegado.

Me respondió que le alegraba eso y deseó dulces sueños.

Imaginé que en cualquier momento podríamos tener un romance y hasta fantaseé con eso. Sin embargo más nunca pude comunicarme con ella, ni por mensaje ni por llamada ya que me respondía la voz de la operadora diciéndome que el número no estaba asignado a ningún usuario.

Las protestas en la ciudad se intensificaron y fue decretado un toque de queda.

Esos días sirvieron para poder desenmarañar mi novela.

Una mañana su foto apareció en primera plana de un periódico digital de la ciudad.

En el mismo decían que la policía había logrado atrapar a la cabecilla del grupo insurgente que dirigía las protestas pero que al intentar escapar había sido dada de baja, o sea ajusticiada.

Comprendí todo lo que había ocurrido ese día.

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