Un ángel en el encino

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Compañeros de Hive, les dejo este cuento con la esperanza de que les guste.


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Un ángel en el encino

En una noche de luna nueva, todo estaba muy oscuro, no soplaba nada de brisa y hacía mucho calor. Enid salió al pórtico a refrescarse un poco. Se sentó en las escalinatas de la entrada principal de la casa, desde donde podía mirar el huerto familiar. Abrió una cerveza helada y encendió el radio portátil que llevaba a todas partes para escuchar la emisora local. Era la hora de su programa favorito sobre canciones románticas. Escuchaba “Escaleras al cielo”, una de sus favoritas, cuando casi terminó su cerveza. Pensó en ir a buscar otra ya que le aliviaban el intenso calor del verano. Estuvo a punto de levantarse cuando vio una sombra volar y caer sobre la copa del encino más grande del huerto. Ella se detuvo. Era muy extraña la figura que vio pasar, parecía un pájaro pero no estaba nada segura. No había en la región un ave tan enorme y tuvo la casi certeza de que en vez de patas ese animal alado tenía piernas. Se quedó paralizada por unos instantes y poco a poco logró recobrar la respiración. Su corazón era un reloj a punto de explotar.

Repetidas veces, con voz queda, llamó a su hermana Heve que estaba en la cocina. No quería hacer ruidos fuertes para no llamar la atención del pájaro pero volvió a llamar a su hermana, esta vez con más fuerza, logrando que se asomara a la ventana. Enid le contó, casi a media voz, lo que había pasado. Heve, enérgica y decidida, inmediatamente propuso ir a averiguar lo que estaba pasando.

Llegaron hasta el encino y escucharon quejidos, se asustaron y se tomaron las manos para apoyarse una a la otra. En las ramas yacía la sombra con las alas encogidas. Ahora más impresionadas, se dieron valor y subieron al árbol para verla más de cerca. Las hermanas no podían creer lo que la poca luz de la luna les permitía ver: era un niño con alas. Era realmente hermoso, totalmente blanquecino, como si estuviera bañado de polvos blancos, con los ojos llorosos. Él se quejaba porque estaba herido, ya que en la caída se había rasguñado muy fuerte con el árbol.

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Comprendieron enseguida que se trataba de un ángel niño, un capullito de ángel, y se les quitó totalmente el miedo. Les apenó verlo tan indefenso que Enid lo tomó en brazos y lo bajó del árbol para curarlo. En todo ese tiempo no hubo ni una sola palabra entre ellos.

Lo llevaron a la casa y Enid, con sus dotes de enfermera, le limpió los rasguños con sumo cuidado, procurando no hacerlo sufrir. Le resultaba inquietante tocarlo, pero sin temor alguno lo hizo. Después de eso, el ángel niño se quedó dormido y las hermanas no sabían qué decirse: estaban atónitas por lo que les estaba sucediendo. De pronto, Heve dijo: Yo lo he visto antes, no sé dónde pero lo he visto; esa carita me es familiar… ¿No será Cupido que vino a lanzarnos flechas porque ya nos encontró pareja? . ¡Ojalá!, dijo Enid riendo.

Como ya era muy tarde, ambas se quedaron dormidas al lado del ángel para cuidarlo. Pero al despertar él ya no estaba. Lo buscaron por todos lados, pensando que lo encontrarían porque estaba maltrecho y había tenido problemas para volar. Pero nada, él no estaba en ninguna parte. Aunque esa mañana se sentían especiales pues habían visto cara a cara a un ángel y eso no les sucedía a todas las personas, se entristecieron porque habrían querido saber si él les llevaba algún mensaje o poder hacerle diversas preguntas sobre el misterio la vida.

Heve siguió teniendo la inquietud acerca de que esa carita le resultaba conocida. Y fue cerca de las 3 de la tarde cuando recordó que el niño ángel era idéntico a los angelitos de la fuente de la plaza que está frente al portal de la catedral del pueblo. Se lo comentó a Enid y, de inmediato, decidieron ir hasta allá para comprobarlo.

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Una vez allí, pudieron constatar que el niño ángel tenía la misma carita de las otras estatuas de la fuente, pero lo que más les impresionó fue darse cuenta de que había un espacio vacío. Una de las imágenes no estaba y nadie en el pueblo supo qué había pasado con la estatua de aquel ángel.

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¡Qué ternura de capullito de ángel ese que cayó sobre el encino!
¿Para donde iría ese travieso?
¿Cuál recuerdo habrá tenido que le dio fuerzas para volar?

¡Sí, claro que lo es! Quedé tan enamorada de él que estoy pensando en continuar el relato. Ese travieso no quiso quedarse con sus hermanitos, los otros capullitos de la fuente, por algo sería... jajajajaj Gracias por tu linddo comentario, querida @gracielaacevedo.


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Me encantó leer tu relato acerca de este ser maravilloso, @alidamaria.
Yo conozco ese Capullito de ángel y he tenido grandes aventuras con él.
Gracias por tanto, bella. Te abrazo.

Gracias por tan bonito comentario, @oacevedo. Qué bueno que lo conozcas y te hayas aventurado con él. Es una belleza de ángel, como tú. También te abrazo.

Tu relato, gratamente narrado, nos conecta con el enigma y la piedad, @alidamaria. Gracias y saludos.

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Gracias por tan gentil comentario, querido @josemalavem. Siempre tan atento.

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