Relato: Victoria y Benjamin

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La decisión de Victoria

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Fuente de la imagen: Pexels

"Necesitamos hablar", dijo Benjamin Abernathy a su esposa Victoria en una mañana de invierno de 1890, en pleno desayuno.

La joven, quien estaba sentada en la otra punta de la mesa comiendo la sopa de berros que le había servido una de las criadas, respondió con fría franqueza: "No hay nada de qué hablar, Benjamin. Está decidido".

Benjamin la miró con consternación. Nunca antes Victoria se había dirigido a él en ese modo tan cortante, mucho menos que ella después lo ignorara al levantarse de la mesa y se dirigiera a su habitación, no sin antes pedirle a una de sus doncellas que le preparara una maleta.

La noche anterior fue un auténtico infierno para el jurista de 35 años. En plena celebración familiar, su esposa le pidió el divorcio a través de su propio abogado, Louis Valois-Fairchild, sin ninguna contemplación ni consideración al lugar en donde hizo la petición; cuando le quiso preguntar a su colega si ella le había dado las razones para hacer semejante petición, éste simplemente le aconsejó que le otorgara aquella petición sin expectativa de compensación para evitar escándalos.

Si hubiera sido cualquier otra persona, Benjamin lo tomaría como una especie de broma, pero Louis Valois no era alguien que perdiera el tiempo en esas chiquilladas. El joven era sobrino de los afamados juristas Sigurd y Nathaniel Fairchild, también conocido respectivamente como el Perro Negro y Demonio de los Tribunales, de quienes había aprendido diversas habilidades propias de su profesión, y se abrió camino en el mundo de las leyes como un brillante estratega en la defensa legal de sus clientes en asuntos de divorcio. A ello debía agregarse que era amigo del hermano de Victoria y de Paul Dennington, el prometido de su prima favorita, Hettie, y que el joven Valois sentía aprecio por su esposa.

Ignoraba qué tanto le habrá dicho su esposa a Valois para que éste aceptase el caso, pero por el tono en el que él le había informado, diría que alguien le había ido con un falso rumor sobre amoríos fuera del matrimonio.

Pero había un detalle que lo dejaba desconcertado: Ella nunca le reclamó nada, ni siquiera hizo sugerencia de que sospechara infundadamente de que existía una infidelidad... A menos que hubiera otro hombre en su vida.

Exasperado ante aquél potencial panorama, se levantó de la mesa y se dirigió hacia la habitación que ambos compartían en la planta alta. Ahí encontró a su esposa vistiéndose con ropa de viaje, ayudada por su doncella.

"¿A dónde irás?", le preguntó.

"Me voy de esta casa".

"¿Qué? Victoria, por favor, hablemos. N-no entiendo qué es lo que sucede. ¿Qué he hecho mal para que estés tomando medidas tan extremas?"

Victoria le miró con indiferencia y, con sinceridad, le respondió: "Seamos honestos, Benjamin: Yo no le agrado a tu familia. Me tratan como a una extraña, aún después de cinco años casada contigo, y peor aún si saben que no puedo darte hijos; simplemente me ignoran cuando les hablo, como si yo les hubiese ofendido de alguna forma. Encima de ello, tú también me tratas como si yo no existiera, y siento que en esta casa sobro. Por esa razón, creo que lo mejor es separar nuestros caminos, civilizadamente y sin rencores. Hasta siempre, señor Abernathy".

Dicho eso, la joven tomó su equipaje y, con paso decidido, salió de su habitación. Benjamin fue tras ellas, rogándole que no se marchara y que le diera una nueva oportunidad; incluso llegó a prometerle que él hablaría con su familia para arreglar aquella situación lamentable en la que él había llevado al matrimonio sin darse cuenta.

Victoria estuvo a punto de ceder en su ruego, pero se mantuvo firme: si él quería enmendar las cosas, el divorcio era su única compensación por los solitarios años perdidos; incluso le dijo que no esperaba compensación monetaria, pues eso sería tanto como deberle algo a la familia que la menospreció.

Aunque ella tuvo qué reconocer que sí les debía algo: el hecho de que se diera cuenta de su valía como persona, aunque en la sociedad las mujeres no fueran consideradas como tal más que meras propiedades.



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