Relato: La profecía de la Santa Vidente
Nota de la autora: Los eventos de este relato ocurren durante el capítulo 36 de Una terrícola en Titán, el cual se publica en este mismo espacio.

Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Cubierto con una capa desaliñada, la cual lo protegía de ojos indiscretos, Niloctetes Borg levantó la mirada. Delante de él, el imponente Templo de las Dunas de Júpiter se levantaba en toda su gloria, con sus columnas de piedra jupiteriana perfectamente esculpidas, y una gran puerta de madera de Titán con un tallado de motivo bélico al fondo, en la parte central.
Algunos decían que ese templo había sido esculpido por los mismos dioses del Vacío, deidades menores al servicio de la Gran Madre. Otros decía que el gran Rhunios II, uno de los gobernantes más célebres del gigante Júpiter, había empleado a 50 mil trabajadores para construirlo en tres meses como una forma de demostrarle a la divinidad que era un hombre de palabra.
Suspiró hondamente mientras se acercaba a la entrada.
Por lo general, acudir de noche al Templo de las Dunas fuera del período de peregrinación solo podía significar una cosa: Una profecía.
El viejo general Borg no creía mucho en las profecías ni en los sueños; no obstante, era precavido cuando veía que había algo fuera de lugar, y casi siempre eso estaba vinculado a algún evento que ha de acontecer en el futuro. En su caso, esa profecía podría estar vinculada con su hijo, el joven general Adelbarae Borg.
Por un momento, Niloctetes deseó que su hijo solo estuviera actuando por despecho ante la desilusión que representaba Ecclesía, la favorita del emperador Ergane VI y la mujer por quien Borg se desvivía de forma abierta. Pero lo que Ik'r Zorg, el mejor amigo de su hijo, le había contado días atrás, lo alertó en sobremanera.
Su hijo soñaba constantemente con su esposa terrícola muerta, Güzelay, desde la muerte de ésta en Titán. Aquellos sueños lo llevaron a consultar con la Santa Vidente, quien le dijo que era un mensaje de la fallecida, y que el único modo de entenderlo era viajar a su tumba.
Pero Niloctetes sospechaba que había algo más en esos sueños. Los muertos, recordó que le dijera su madre hace tiempo, no tenían nada qué decir a los vivos, a menos que se tratara de una muerte por asesinato y que el fallecido exigiera justicia.
O que, como llegó a sugerir la Santa Vidente, la persona no esté muerta.
Lo último lo dudaba. Todos habían escuchado los gritos de la muchacha resonar como eco en lo profundo de las selvas de Titán. Era probable que Creonte la haya asesinado ya...
"Niloctetes Borg. Sabía que algún día regresarías", dijo una voz ronca.
El general se volvió. Delante de él se encontraba una mujer de atavíos blancos, de piel arrugada y mirada penetrante; en su cabeza llevaba un manto color beige, sostenido con una diadema sencilla de oro. Con una inclinación de cabeza, Niloctetes replicó: "Santa Vidente Ilyame. Gracias por recibirme y por dedicarme unos minutos de su tiempo".
"Sé a lo que has venido. Tu hijo, el joven general, el que está viajando en estos momentos a Titán a buscar pistas sobre su esposa muerta, una mujer inocente que solo veía lo que otros no ven".
"Güzelay no estaba acostumbrada a la vida de la corte..."
"Y aún así tu esposa falló de forma estrepitosa en enseñarle, general Borg. O más bien, como suele suceder con las familias que tienen un problema de... arrogancia, la consideraron material para pasar los genes. Pero tú, Niloctetes, sabías que ella era el hijo que jamás tendrás".
Las últimas palabras lo incomodaron en sobremanera. Güzelay era, en efecto, la hija que habría querido que fuera Ralna; era discreta, analítica y observadora. A pesar de las prohibiciones de estrechar más sus relaciones con la familia Von y Getz, la joven había obtenido información clave que podría ser usada en tiempos de convulsión política. Eso la convertía en alguien útil y benéfico para la familia, y él lo sabía mejor que nadie.
La Santa Vidente, observándolo con detenimiento, añadió: "Escucha, Niloctetes Borg, pues esta será la última vez que me escucharás. Los vientos de guerra pronto soplarán; Ergane y la corte de los leales no vivirán mucho tiempo, pues de sus mismas filas saldrá quien lo suceda. No será el hijo de la Serpiente, sino el sobrino del Cuervo Viejo, el tío del Segundo Príncipe, aquél de cuya sangre surgirá el más grande de todos los linajes del que se hablará en las generaciones venideras".
Acercándose a Niloctetes, añadió: "Tu familia sobrevivirá... Y te sorprenderá saber cómo".
Le dio la espalda y concluyó: "Si yo fuera tú, cuidaría mis espaldas de aquellos a los que llamas amigos. Uno de ellos te traicionará en la guerra".

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Una historia muy entretenida de leer. La trama muy bien trabajada hace engancharnos de principio a fin. Excelente trabajo.
Gracias por compartir tu historia con nosotros.
Excelente noche.
¡Muchas gracias, @rinconpoetico7 ! Me da gusto saber que este relato fue de tu agrado. Espero continuar pronto con el relato de Una Terrícola en Titán, que tiene muchas sorpresas. ¡Un abrazo!