Relato: Hipatia busca empleo

Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
La fila era larga. Hipatia contó hasta unas 35 personas. Todas con su misma descripción: altas, delgadas, cabellera oscura. Algunas iban bien vestidas, otras apenas lucían con las ropas más decentes que pudieron encontrar en sus armarios.
Lo primero que pensó al leer hace unos días ese anuncio en una página de empleos, creyó que se trataba de un fraude. ¿Qué empresa ofrecería 120 mil pesos mensuales por el trabajo secretarial del CEO de una importante empresa de negocios? Lo podía creer si lo que buscaban era a algún alto ejecutivo o administrador encargado del buen funcionamiento de una empresa, ¿pero una secretaria? En su país, una secretaria ganaba cuando mucho 20 mil pesos, 35 mil si era la secretaria del presidente de una empresa importante.
Pero Hipatia era de naturaleza curiosa y pasaba por una necesidad muy fuerte. Necesitaba el dinero, por supuesto; quería saldar las deudas lo antes posible y así darle un respiro a su teléfono lleno de llamadas de cobratarios. Por eso había decidido darle una oportunidad.
Se unió a la fila como la número 37 de turno. Sacó de su bolso un libro y empezó a leer para hacer más ligera la espera. Era un libro de espías y misterio ambientado en la era victoriana, cuyo protagonista, el hijo de un humilde zapatero, estaba investigando un atentado contra la reina.
No supo cuánto tiempo pasó, pero cuando escuchó a una mujer gritar "siguiente", guardó su libro y se levantó de su asiento con carpeta en mano. Entró con una mezcla de confidencia y timidez a una oficina iluminada con luz blanca. Las paredes de la oficina no tenían nada colgado excepto la pintura de una escena marítima.
En un desvencijado escritorio se encontraba sentado un hombre de lentes redondos, ojos pequeños y atavíos que le recordaban mucho a uno de los personajes de esas películas de misterio que veía de niña.
"Buenos días... ¿Hipatia De La Vega, verdad?", cuestionó el hombre.
Con un asentimiento de cabeza y dándole un apretón de manos al entrevistador, Hipatia respondió: "Sí, señor".
"Bienvenida. Me llamo Néstor Lechuga. ¿Trajo su currículo?"
Hipatia entregó la carpeta. Ajustándose los lentes, el hombre examinó con detenimiento el currículo de Hipatia. "Citaria... Hacer llamadas, agendar citas... ¿Sólo se limita a eso en su trabajo actual?"
"Sí, señor Lechuga".
"¿Cuál es su salario actual?"
"No tenemos salario. Somos comisionistas. Nos pagan 50 pesos por cada cita agendada".
El hombre la miró con sorpresa. "¡¿50 pesos por cada cita agendada?!"
"Bueno, señor, cuando lo pone en ese tono... Sí, es una miseria ese pago, pero es un empleo temporal en lo que encuentro uno más estable, de mejor salario y de mejor perfil, como docente, dependienta de tienda o como secretaria".
"¿Y cree usted contar con las capacidades que el puesto exige?"
"Creo y puedo, señor Lechuga", contestó Hipatia con franca honestidad.
El señor Lechuga asintió. "Creo que usted sería perfecta para el puesto. Mi jefe busca a una mujer de buen porte y excelente presentación, además de honestidad e integridad... Pero esa decisión no depende de mí, como usted verá".
"Lo entiendo perfectamente, señor Lechuga".
"Bueno, señorita De La Vega. Nosotros la llamaremos".
Hipatia asintió mientras le daba un apretón de manos al señor Lechuga. Cuando salió del edificio, suspiró hondamente y murmuró: "Bueno... Me alegra que no haya puesto mi fotografía en ese currículo".
Mientras caminaba hacia la avenida, no se dio cuenta de que la estaban observando desde la ventana del edificio dos personas: el señor Lechuga y un hombre de cabello cano, ojos castaños oscuros y de elegantes atavíos.
"Creo que ella es perfecta para la misión, señor. Tiene el perfil que necesitamos".
El hombre no dijo nada. Su mirada estaba fija en la joven mujer que estaba abordando el autobús de retorno al centro de la ciudad.
