RÉQUIEM POR LA HAYACA

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RÉQUIEM POR LA HAYACA

PERDÓNAME GORDA, pero debo decírtelo: tu tiempo ya pasó, como cuando éramos felices y no lo sabíamos. Yo que nunca te tuve apetito porque me resultabas indigesta, pero que te profesé un cariño patriótico, te digo con toda sinceridad que debes resignarte a traspasar las puertas del pasado y ocupar dignamente el puesto que te corresponde entre las desaparecidas delicias culinarias de la mesa venezolana.

     Por si te sirve de consuelo, también te diré que desapareces en buena ley, quedando tu recuerdo grabado en la mente de la gente humilde que fue a quienes principalmente serviste, porque precisamente por eso, llegaste a ser grande; por estar siempre presente en la mesa del pobre; en la del rico también, pero ¿qué cosa es la que no hay en la mesa del rico? A pesar de eso, de ser bien recibida en todas las mesas, tanto de comederos humildes como de resplandecientes comedores, nunca te vanagloriaste cuando te ponían al lado del caviar ruso y del champán francés, y seguiste manteniendo tu condición proletaria, sin pretender nunca ser más de lo que eras: un amasijo de harina de maíz, con guiso por dentro y forrado en tu envoltorio de hojas, humildes hojas de banano que tú lucías como vestido caro.

     Pero ¡qué paquete nos echaron, mi gorda! ¿Tú sabes cuánto cuesta un frasquito de alcaparras? ¿o de aceitunas?... bueno, tú sabes adónde nos llevaron el precio de la harina de maíz, y nos la pusieron que no está ni para bollo. Pero eso no es todo, asómate tú un poquito por el mercado para que veas el precio de las hojas, ¡y cáete!, que sería más barato forrarte en seda china. No es que te esté regateando nada, gordita, pero ¿con qué uñas se rasca el mono?, ¿con qué va a hacer una hayaca el pobre si con pagar la buseta y comprar una lata de sardina se queda en la lata y a pie?

     No llores, gorda, que tal como van las cosas todos nos volatizaremos antes de lo pensado. Como quien dice: hoy tú, mañana yo. ¿No ves lo que le pasó a la democracia? Es la ley inmutable de la vida; así que desaparece en paz, querida hayaca, y no te preocupes si el topocho viene a ocupar tu lugar en la mesa, que ese banano aunque no es tan apetitoso como tú y tiene en su contra la mala fama de que pone el caldo morado, también es llanote y humilde, y servirá para amortiguar el hambre en la velada navideña cuando ya tú seas solo un recuerdo.

     Se me saltan las lágrimas, gordi, y créeme que mi mayor deseo es que te quedaras con nosotros, pero tú sabes que soy un jubilado, así que no hagamos más truculenta esta despedida. Pero lo que sí te puedo garantizar es que cuando esté finalizando el año y nos estemos comiendo las doce uvas —uvas falsas, por supuesto, hechas con bolitas de masa pintadas con culey, porque las verdaderas están muy caras—, en ese importante momento cuando nos aprestemos a recibir el Año Nuevo, poniendo los platos boca abajo, guardaremos un minuto de silencio antes del cañonazo y pronunciaremos una plegaria en tu memoria. Y te prometo también, que en todas las Navidades, cuando estemos reunidos todos los miembros de la familia comenzaré una nostálgica conversación más o menos en estos términos:
     “... recuerdo cuando las Navidades eran con hayacas, esas sí que eran Navidades...”.
     Y mis nietos se verán precisados a preguntar:
     —¿Y qué cosa eran las hayacas, abuelo?
      entonces yo me desgajaré en elogios hacia ti, mi querida gorda.

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Texto de Tomás Jurado Zabala
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