«Malanga» (ES/EN)



¡Le ronca la malanga! Esa expresión cubana, tan nuestra, se queda corta cuando el "colmo" se vuelve una odisea de casi 24 horas, una prueba de resistencia en una Cuba que se tambalea entre la oscuridad y los baches. No es un simple viaje; es una travesía que comienza con un precio exorbitante que no garantiza ni lo más básico.

El pasaje de una guagua arrendada de Santiago a La Habana ya es una lotería. Por un servicio que puede costarbhasta 30 000 pesos uno esperaría algo más que un asiento. Pero la realidad es tosca. El aire acondicionado, promesa de alivio en el trópico, suele ser una ficción. Se rompe, y con él, se esfuma cualquier esperanza de confort, convirtiendo el viaje en un horno sobre ruedas donde el calor y la humedad se adhieren a la piel

Y entonces, la carretera central se convierte en un viacrucis. El sonido metálico de una nueva avería es como un latigazo en la noche. Seis, siete veces, el motor tose y se apaga, dejando a los pasajeros a oscuras, a merced del silencio de la madrugada y la incertidumbre de si podremos llegar. Las historias se repiten: un viaje que debía durar 12 horas se convierte en una jornada de 20 o más, el deterioro de un parque automotor que se sostiene con parches, a sus anchas. Ver guaguas repletas de cucarachas o con goteras que empapan el equipaje ya no sorprende, es parte del paisaje habitual de este tipo de transporte.

Este es el panorama de un país que se enfrenta a una crisis energética y de transporte. Y sobre todo, de la vergüenza. Las guaguas arrendadas, aunque imperfectas, han surgido como una alternativa para paliar las deficiencias del transporte público estatal. Pero su falta de regulación abre la puerta al abuso. Los conductores, conscientes de su poder, imponen su ley: música a volumen ensordecedor, paradas donde les da la gana y una actitud que va desde la indiferencia hasta el maltrato, con frases lapidarias como "puede bajarse si lo desea".

Estas 24 horas de viaje son un espejo de la Cuba de hoy: una isla que fenece entre la escasez de combustible, los apagones, la inflación y el deterioro generalizado. Es la impotencia de pagar un dineral por un servicio que se desmorona, sumado al miedo de quedarse varado en medio de la nada. Es la constatación de que, en este toma y dame, el que siempre pierde es el viajero, el cubano de a pie que solo busca llegar a su destino.

Este viaje, que debía ser un traslado, se convierte en una lección de supervivencia. Pagar para moverse en tu propio país es un acto de fe que, con demasiada frecuencia, se enfrenta a la dura realidad de que, efectivamente... ¡le ronca la malanga!

☘️ © Contenido Original.

☘️ Versión al inglés con Traductor de Google

Algunos de mis libros publicados son: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024) y La Nada Infinita (2024)

"Malanga"



"The malanga is snoring!" That Cuban expression, so uniquely ours, falls short when the "last straw" becomes an almost 24-hour odyssey, a test of endurance in a Cuba teetering between darkness and potholes. It's not a simple trip; it's an ordeal that begins with an exorbitant price that doesn't even guarantee the most basic necessities.

The fare on a chartered bus from Santiago to Havana is already a lottery. For a service that can cost up to 30,000 pesos, one would expect more than just a seat. But reality is harsh. Air conditioning, the promise of relief in the tropics, is usually a fiction. It breaks down, and with it, any hope of comfort vanishes, turning the journey into a rolling oven where the heat and humidity cling to your skin.

And then, the central highway becomes an ordeal. The metallic clang of another breakdown is like a whip crack in the night. Six, seven times, the engine coughs and dies, leaving the passengers in darkness, at the mercy of the early morning silence and the uncertainty of whether they'll ever arrive. The stories repeat themselves: a trip that should last 12 hours becomes a 20-hour or longer ordeal, the deterioration of a fleet of vehicles held together by makeshift repairs. Seeing buses teeming with cockroaches or with leaks soaking luggage is no longer surprising; it's part of the everyday landscape of this type of transport.

This is the panorama of a country facing an energy and transportation crisis. And above all, a shameful one. Chartered buses, though imperfect, have emerged as an alternative to alleviate the deficiencies of state-run public transportation. But their lack of regulation opens the door to abuse. Drivers, aware of their power, impose their will: deafening music, stops wherever they please, and an attitude ranging from indifference to mistreatment, with curt phrases like "you can get off if you want."

These 24 hours of travel are a mirror of present-day Cuba: an island dying amidst fuel shortages, blackouts, inflation, and widespread decay. It's the helplessness of paying a fortune for a crumbling service, coupled with the fear of being stranded in the middle of nowhere. It's the realization that, in this give-and-take, the one who always loses is the traveler, the ordinary Cuban who simply wants to reach their destination.

This journey, which should have been a simple commute, becomes a lesson in survival. Paying to get around in your own country is an act of faith that, all too often, is met with the harsh reality that, well... it's a real rip-off!

☘️ © Original Content.

☘️ English version with Google Translate

Some of my published books are: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), The Natural Order of Things (2015), The Blood of the Marabou (2020), The Sixth Cavalry of Kansas (2024) and The Infinite Nothingness (2024)



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Desoladora y dura realidad mi estimado @marabuzal, yo sinceramente espero que más temprano que tarde las aguas tomen su nivel, que le deje de 'roncar la malanga' a todo en nuestra tierra, que cada cual comience a ser el cambio que quiere ver en nuestra vida cotidiana, que la indolencia deje de campear en todas las posturas ideológicas, porque en mi opinión esa es la razón principal, el daño antropológico que padecemos todos a un mismo tiempo, y lo más duro de todo es el hecho de que cada uno desde su posición y su punto de vista, está paralizado con los brazos cruzados como ese propio ómnibus en medio de la noche oscura, sin saber si podremos continuar, lo que en este caso nuestro viaje esencial, el de la vida, el de la existencia con la dignidad que como seres humanos nos asiste a todos.
Los seres humanos tendemos irresponsablemente, por comodidad, porque no tenemos otra opción los cubanos de a pie, a no esforzarnos por ofrecer un mejor servicio, por dedicarnos a cambiar varias cosas que sí podríamos cambiar; los que ofrecen el "servicio", los que operan el ómnibus; similar a lo que describía yo hace poco en un post sobre un vendedor de pollo enajenado, prepotente y también ignorante de que el buen servicio, sobre todo esto, vende, principalmente cuando las aguas tomen su nivel y la competencia nos permita elegir, decantarnos por la calidad. Y me permito hacer la salvedad de que también los cambios estructurales a niveles superiores y en una y otra orilla nos urgen, porque son sobre todo a estos a los que más "les ronca la malanga". Gracias por este tan urgente testimonio. Un gran abrazo.

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Más que un asunto ideológico es decencia la gran ausente en nuestra isla amada.
Te abrazo fuerte @psicolopoeta

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El título le queda perfecto, porque de verdad no solo le ronca la malanga, también le zumba el mango! Pagar esa barbaridad de dinero para ir metida en un horno sobre ruedas y con el pánico constante de quedarse botados a mitad de la noche es una falta de respeto total. Es impresionante como viajar dentro del mismo país se volvió un deporte de riesgo. Un post súper real, doloroso, pero es la pura verdad del cubano de a pie

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Quisiera no haber leído esta publicación, pero la curiosidad es más fuerte y la malanga que en Venezuela llamamos ocumo, como que ronca más que la mandarina. Decires que sin el suficiente contexto no transmiten a quienes no los conocen lo mismo que lo que se vive en tu isla o mi querida Venezuela es inconcebible para quienes no lo han vivido. Ni siquiera los visitantes ocasionales y menos los turistas alcanzan a ver la profundidad del abismo en que caímos.

La hipócrita complicidad que mantiene a los artífices en su posición de poder se está descubriendo desde hace tiempo y solo espero que, con la caída de tantas máscaras, caigan los regímenes fraudulentos y todo el sistema perverso.

Buena suerte, estimado autor.

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Encantado de que no solo la leyeras si no que además ofrezcas un comentario tan sustancioso.
Un abrazo grande

@topcomment

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