La Historia de Roberto (ESP -ENG)

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Este es un texto original, escrito en español, con imágenes referenciadas y versionado al inglés en Google Translation.



Llego con el corazón lleno de gratitud al espacio #catarsis comunidad que con tanto cariño y dedicación ha sabido construir, en #ecency, un espacio de encuentro, de palabra y de escucha.

Es para mí un honor formar parte de este lugar, y es aquí, en este rincón tan especial, donde, hoy, deseo compartir con ustedes la historia de Roberto.

Una historia que, por encima de cualquier otra cosa, es una historia de lucha: lucha por la dignidad, por la esperanza, por seguir de pie cuando todo se rompe.

Una historia que merece ser contada.


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Ocurrió un martes, que es el día más inútil de la semana para que algo se rompa porque nadie tiene aún la energía del inicio ni la cercanía del descanso, y porque los talleres de reparación funcionan con la parsimonia de quien sabe que el tiempo de los demás siempre es menos importante que el suyo.

Pero no se trata, en este caso, de lamentar la mala fortuna ni de convertir en crónica sentimental lo que exige, ante todo, la descripción exacta de los hechos.

Se trata de Roberto, amigo de tantos años, y de su silla de ruedas —una extensión de su cuerpo que no por metálica deja de ser tan suya como una pierna o una mano—, y de cómo una falla mecánica, insignificante en el plano de las cosas bien hechas, puede derrumbar en segundos el precario equilibrio con que un hombre inválido sostiene su dignidad.

Roberto no es de los que se quejan.

Ha entendido, por experiencia larga, que la queja no mueve ni una rueda ni una voluntad.

Por eso, cuando sintió aquella tarde que el bastidor cedió hacia la izquierda con un crujido seco, primero intentó componerlo con las manos, como quien palpa una herida propia buscando saber si el hueso está roto o dislocado.


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Sirva, para ilustrar lo que ocurre en estos casos, la imagen de Roberto esa noche, sentado en una silla de madera que sus brazos alcanzaron a arrastrar desde el comedor, y la silla de ruedas junto a él, inclinada como un animal herido.

No pidió que lo llevaran a ningún lado.

No llamó a nadie después de la segunda negativa.

Permaneció allí, con la paciencia de quien ha aprendido que la noche, por larga que sea, siempre termina, y que la silla, por rota que esté, podrá repararse al día siguiente si alguien se disponía a hacerlo.

Su error, si acaso puede llamarse error, no fue confiar en los demás, sino saber con demasiada claridad que su autonomía es siempre una concesión que el mundo le otorga por tramos, revocable en cualquier instante por una tuerca mal ajustada.

Cuando los vecinos se asomaron a la puerta ofreciendo ayuda, no hicieron sino demostrar que la solidaridad se agota con frecuencia en el gesto antes de llegar al acto.


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Pero cuando se trata de una silla rota y de un hombre que de repente se encuentra anclado en el centro de su propia sala sin poder avanzar ni retroceder, el problema cambia de aspecto, casi tan substancialmente como cambia la percepción de lo que significa depender de un mecanismo.

Tres horas después, ya Roberto había recorrido en su cabeza todas las alternativas: el taller que cierra a las cinco, el amigo que tiene un coche pero trabaja hasta tarde, el familiar que vive lejos y no entiende por qué no se puede simplemente esperar hasta mañana.

En cambio, lo que otros llamarían paciencia, Roberto lo llamaba con el nombre exacto: postergación, que no es, sino, una forma solapada de la indiferencia cuando se disfraza de buenos deseos.


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Ahora bien, no hay que confundir esta aceptación con la resignación.

Roberto ha construido durante años una vida posible dentro de los límites que le fueron dados, y esa construcción, con sus gastados mecanismos de adaptación, su rutina minuciosa y la vigilancia constante sobre cada detalle que otros ni siquiera notan, solo puede sostenerse cuando se ha aceptado una verdad inicial: que la autonomía plena es un mito, pero que el deseo de autonomía es lo único que hace tolerable la dependencia.

Se puede tener la certeza de que la verdadera catarsis no ocurre cuando se repara la silla ni cuando la ayuda finalmente llega, sino en ese punto intermedio en que el hombre inválido, solo y detenido, decide que no va a permitir que la rotura de un objeto defina su estado de ánimo.

Porque cuando la movilidad ha sido quebrantada, lo primero que debe restaurarse no es el mecanismo, sino la certeza de que uno mismo sigue siendo quien era antes de que la pieza fallara.

Dentro de la noche, entre las herramientas desordenadas, hay un singular territorio de recomposición.



Roberto no ignora cuál ha sido el cambio de los últimos años, pero tampoco ignora que la verdadera invalidez no está en las piernas que no responden, sino en la voluntad que se rinde antes de que el taller abra sus puertas.

Gracias por leerme. Siempre es un placer recibirte

Si deseas mi novela La Sangre del Marabú (2020), puedes encontrarla en Amazon

This is an original text, written in Spanish, with referenced images and translated into English using Google Translate.



The Story of Roberto (ESP -ENG)

I arrive with a heart full of gratitude to the #catarsis community space that has lovingly and dedicatedly built, in #ecency, a space for meeting, speaking and listening.

It is an honor for me to be part of this place, and it is here, in this very special corner, where today I wish to share with you Roberto's story.

A story that, above all else, is a story of struggle: a struggle for dignity, for hope, for remaining standing when everything falls apart.

A story that deserves to be told.


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It happened on a Tuesday, the most unproductive day of the week for something to break because no one has the energy of the start of the week or the approach of rest, and because repair shops operate with the leisurely pace of those who know that other people's time is always less important than their own.

But this isn't about lamenting bad luck or turning what demands, above all, an accurate description of the facts into a sentimental chronicle.

It's about Roberto, a friend of so many years, and his wheelchair—an extension of his body that, though metallic, is as much his as a leg or a hand—and how a mechanical failure, insignificant in the realm of things done well, can shatter in seconds the precarious balance with which a disabled man maintains his dignity.

Roberto isn't one to complain.

He has learned from long experience that complaining doesn't move a wheel or a will.

That's why, when he felt the frame give way to the left that afternoon with a sharp creak, he first tried to fix it with his hands, like someone examining a wound to see if the bone is broken or dislocated.


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To illustrate what happens in these cases, consider the image of Roberto that night, sitting in a wooden chair that his arms managed to drag from the dining room, with the wheelchair next to him, tilted like a wounded animal.

He didn't ask to be taken anywhere.

He didn't call anyone after the second refusal.

He remained there, with the patience of someone who has learned that the night, however long, always ends, and that the chair, however broken, can be repaired the next day if someone is willing to do it.

His mistake, if it can even be called a mistake, wasn't trusting others, but knowing all too clearly that his autonomy is always a concession the world grants him piecemeal, revocable at any moment by a loose screw.

When the neighbors appeared at the door offering help, they only demonstrated that solidarity often ends with the gesture before it even reaches the point of action.


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But when it comes to a broken chair and a man who suddenly finds himself anchored in the middle of his own room, unable to move forward or backward, the problem changes in appearance, almost as substantially as the perception of what it means to depend on a mechanism.

Three hours later, Roberto had already run through all the alternatives in his head: the garage that closes at five, the friend who has a car but works late, the relative who lives far away and doesn't understand why they can't simply wait until tomorrow.

However, what others would call patience, Roberto called by its exact name: procrastination, which is nothing more than a subtle form of indifference disguised as good intentions.


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However, this acceptance should not be confused with resignation.

Roberto has spent years building a possible life within the limits he was given, and this construction, with its worn mechanisms of adaptation, its meticulous routine, and the constant vigilance over every detail that others don't even notice, can only be sustained when an initial truth has been accepted: that complete autonomy is a myth, but that the desire for autonomy is the only thing that makes dependence tolerable.

One can be certain that true catharsis doesn't occur when the chair is repaired or when help finally arrives, but at that intermediate point where the disabled man, alone and confined, decides that he will not allow the breakage of an object to define his state of mind.

Because when mobility has been broken, the first thing that must be restored is not the mechanism, but the certainty that one is still who one was before the part failed.

Within the night, among the scattered tools, there is a unique territory of reconstruction.



Roberto is aware of the changes of recent years, but he also knows that true disability lies not in legs that no longer respond, but in the will that gives up before the workshop even opens its doors.

Thank you for reading. It's always a pleasure to have you here

If you'd like my novel The Blood of the Marabou (2020), you can find it on Amazon



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6 comments
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Este relato nos enseña que cuando nos llega la vejez o enfermamos y estamos solos nos hacemos dependientes de algunos objetos que nos son indispensables para cumplir tareas y que sin ellos nos sería imposible vivir.
Que muchas veces dejamos de ser prioridad para la familia y los amigos. Qué triste

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Gracias. Eres muy amable con mi texto y su mensaje.
Te agradezco.
Salud.

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