Emprendedor que Empuja su Vida con una Carretilla (ESP/ENG)

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Saludos cordiales, queridos amigos de Be Entrepreneur. Abro las puertas #ecency para reencontrarme con ustedes. Deseándoles amplias posibilidades de crecimiento.


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Hoy quiero contarles la historia de un hombre al que veo cada vez más por el barrio. No tiene local, ni sitio web, ni tarjetas de presentación. Su emprendimiento cabe en una carretilla de madera y en la fuerza de sus brazos.

Es leñero. Corta marabú en el monte para vender.

El trabajo en el monte

El marabú es un árbol espinoso, duro, difícil de domar. Crece donde otros no crecen. Y este hombre lo enfrenta cada madrugada con su machete bien afilado. No hay motosierra. No hay tractor. Solo el golpe seco del hierro contra la madera, gota a gota de sudor, y el sonido de la leña cayendo.

Corta, levanta, corta, levanta. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Y entonces, en medio del conteo, el machete se encuentra con un tronco más grueso. El golpe cambia. Ya no es el tac seco de la madera joven. Es un TUM sordo, profundo, que retumba en la muñeca y sube por el brazo hasta el hombro. Silencio. Un segundo. La hoja se traba un instante en la fibra rebelde del marabú. Él resopla, ajusta el golpe, y CRACK: la leña cede. El eco se pierde entre los árboles espinosos. Y sigue. Seis. Siete. Ocho.

Pero el trabajo no termina ahí. La carga la pone en una carretilla que él mismo empuja. La carretilla es su socio silencioso. Su único compañero. La calle de este barrio tiene cuestas duras, están rotas, tienen polvo y sol. Y él va, paso a paso, inclinando el cuerpo, empujando su vida montaña arriba.

Su casa: soledad y orden

Cuando termina la jornada, vuelve a su casa. Vive solo. Es una casa triste pero limpia. Y hay algo curioso en ella: es modesta. No sé cómo explicarlo bien. Las paredes son grises, el piso de tierra apisonada, el techo de zinc suena con el viento. No hay televisión. El silencio abruma. Pero todo está en su lugar. La escoba apoyada en la esquina. El único plato lavado. La cama tendida.

Ese orden, en medio de la tristeza, me parece un acto de dignidad. No tiene mucho, pero lo que tiene, lo cuida.

A veces, al caer la noche, se fuma un cigarrito. Lo enciende despacio. Se sienta en el mismo borde de la cama o en una piedra frente a la puerta. No habla con nadie. El humo sube y él se queda viendo el horizonte. Esos minutos, creo yo, son los únicos que se regala a sí mismo.


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Sus estados de ánimo

A veces va triste.

Uno lo ve en sus ojos: hoy no ha vendido nada. No alcanzó para el pan. Camina más lento. La carretilla pesa igual, pero el alma pesa más. En esos días, el emprendimiento no es un sueño bonito. Es sobrevivir. Es llegar a casa sin un peso y saber que no hay nada para comer. Es dormir con el ruido del zinc y el estómago vacío.

Otras veces viene cantando.

Silba. Tararea canciones que no reconozco. Saluda a todos. Se ríe solo. Hoy sí vendió. Hoy alguien creyó en su leña. Hoy comió. Y mañana será otro día, pero al menos hoy, ganó.

¿Qué nos enseña este leñero?

Nos enseña que el emprendimiento real no es el de los discursos. Es el del machete contra la maleza. El de la carretilla empujada con las tripas. El de la incertidumbre diaria.

También nos enseña consistencia. Este hombre sale todos los días, aunque esté triste. Nos enseña también dignidad. Su casa es triste y modesta, pero está limpia. No tiene televisión, pero tiene orden. No celebra con fiestas, pero se permite un cigarrito al atardecer.

Y nos enseña alegría en medio de la falta. Porque incluso los días malos, a veces, saca un silbido. Para recordarse que sigue vivo y sigue empujando la carretilla.



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Como emprendedores, a veces idealizamos el éxito. Pensamos que tener un negocio es libertad total. Pero este hombre avisa que el emprendimiento tambien puede ser: hambre, tristeza, espinas, una carretilla pesada, una casa sin televisión y un cigarrito que se enciende en silencio.

No tiene un plan de marketing. No tiene branding. Pero tiene algo más valioso: fe en que mañana será mejor. Y la voluntad de empujar cuesta arriba.

© Marabuzal, 2026. Contenido original. Todos los derechos reservados.

An Entrepreneur Pushing His Way with a Wheelbarrow

Warm greetings, dear friends of Be Entrepreneur. I'm opening the doors of #ecency to reconnect with you. Wishing you ample opportunities for growth.


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Today I want to tell you the story of a man I see more and more often in the neighborhood. He doesn't have a shop, a website, or business cards. His business fits in a wooden wheelbarrow and the strength of his arms.

He's a woodcutter. He cuts marabou in the forest to sell.

Working in the Forest

The marabou is a thorny, tough tree, difficult to tame. It grows where others don't. And this man faces it every dawn with his well-sharpened machete. There's no chainsaw. No tractor. Only the sharp blow of the iron against the wood, drop by drop of sweat, and the sound of the firewood falling.

He cuts, lifts, cuts, lifts. One. Two. Three. Four. Five. And then, in the middle of counting, the machete encounters a thicker log. The blow changes. It's no longer the dry thud of young wood. It's a dull, deep THUMP that reverberates in his wrist and travels up his arm to his shoulder. Silence. A second. The blade catches for an instant in the marabou's stubborn fibers. He exhales, adjusts his stroke, and CRACK: the wood gives way. The echo is lost among the thorny trees. And he continues. Six. Seven. Eight.

But the work doesn't end there. He loads the load onto a wheelbarrow, which he pushes himself. The wheelbarrow is his silent partner. His only companion. The street in this neighborhood has steep slopes; it's broken, dusty, and sun-baked. And he goes, step by step, bending his body, pushing his life uphill.

His Home: Solitude and Order

When the day is over, he returns home. He lives alone. It's a sad but clean house. And there's something curious about it: it's modest. I don't know how to explain it well. The walls are gray, the floor is packed earth, the zinc roof rattles in the wind. There's no television. The silence is overwhelming. But everything is in its place. The broom leans against the corner. The only dish is washed. The bed is made.

That order, amidst the sadness, seems to me an act of dignity. He doesn't have much, but what he has, he takes care of.

Sometimes, as night falls, he smokes a cigarette. He lights it slowly. He sits on the edge of the bed or on a stone in front of the door. He doesn't speak to anyone. The smoke rises, and he stares at the horizon. Those minutes, I think, are the only ones he gives himself.


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His Moods

Sometimes he's sad.

You can see it in his eyes: he hasn't sold anything today. He didn't earn enough for bread. He walks slower. The wheelbarrow weighs the same, but his soul weighs more. On those days, entrepreneurship isn't a beautiful dream. It's about surviving. It's arriving home penniless and knowing there's nothing to eat. It's sleeping to the sound of the tin roof and an empty stomach.

Other times he comes singing.

He whistles. He hums songs I don't recognize. He greets everyone. He laughs to himself. Today he sold something. Today someone believed in his firewood. Today he ate. And tomorrow will be another day, but at least today, he won.

What does this woodcutter teach us?

He teaches us that true entrepreneurship isn't about empty promises. It's about wielding a machete against the undergrowth. About pushing a wheelbarrow with sheer willpower. About facing daily uncertainty.

He also teaches us perseverance. This man goes out every day, even when he's sad. He also teaches us dignity. His house is sad and modest, but it's clean. He doesn't have a television, but it's tidy. He doesn't celebrate with parties, but he allows himself a cigarette at sunset.

And he teaches us joy in the midst of hardship. Because even on bad days, sometimes, he lets out a whistle. To remind himself that he's still alive and still pushing the wheelbarrow.


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As entrepreneurs, we sometimes idealize success. We think that owning a business is total freedom. But this man warns us that entrepreneurship can also mean: hunger, sadness, thorns, a heavy wheelbarrow, a house without a television, and a cigarette lit in silence.

He doesn't have a marketing plan. He doesn't have branding. But he has something more valuable: faith that tomorrow will be better. And the will to push uphill.

(Google Translation)

© Marabuzal, 2026. Original content. All rights reserved.



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Buenas tardes @marabuzal, el emprendimiento en muchas ocasiones no es una elección es una necesidad, en otras es una opción personal. No conozco a este emprendedor que nos presentas hoy, no conozco su historia, pero si que me asalta una palabra al leer tu publicación: dignidad (y vivir con dignidad si es una elección).

Un abrazo muy grande.

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Saludos estimado @enraizar es hermoso ese vínculo entre emprendimiento y dignidad. Sea por necesidad o elección, levantarse con propósito ya es un acto valioso.
Un abrazo.

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Buenas tardes por allá, mi estimado @marabuzal. No voy a añadir nada más, tú comentario es muy acertado.

Un abrazo muy grande.

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Gran trabajo el de ese hombre y espero nadie sea tan mala persona de joderlo , acuérdate que vivimos en un país que tiene una mentalidad tan básica que a algunos le molesta la prosperidad de algunos @marabuzal gracias por esta historia

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Ojalá nadie le amargue su camino, la verdad
Emprender con esfuerzo merece respeto, no envidia.
Gracias por poner el foco en eso: proteger al que construye desde abajo.
Abrazos @valderalazaro

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Buenas noches, @marabuzal. El emprender también es una elección personal y no solo la necesidad, quizás sea esa misma dignidad, de la que hablas, lo que lo impulsa aún cuando no vea los frutos en el presente. Saludos.

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Estimada @damarysvibra cómo estás
Cierto, muy cierto, la dignidad también es motor. Aunque los frutos no se vean hoy, sembrar con convicción ya es ganancia. Gracias por sumar esa reflexión tan certera.
🌻

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Un ejemplo autóctono de la tierra, una de las imágenes que atrapé en mis andares por Mayarí Arriba.

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Qué bello testigo dejaste en Mayarí Arriba. Tus imágenes atrapan el alma de la tierra y su gente, perduran. Gracias.

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