El Singular Testimonio del Tiempo (ESP-ENG)
Este es un texto original, escrito en español, con imágenes de mi propiedad y versionado al inglés en Google Translation.
Saludos cordiales, queridos amigos de Be Entrepreneur. Me reencuentro con ustedes a través de #ecency para traerles una historia que comparto con mucho placer, con la esperanza de que sea de ayuda en su travesía por las aguas del crecimiento y la prosperidad.

No se trata, en este caso, de ninguna hazaña memorable ni de proeza alguna que merezca el elogio de las crónicas oficiales, sino de un acto tan mínimo como silencioso: el de un hombre del campo que un día, sin más testigos que la tierra y el sol, sembró una semilla de guayaba. Y no precisamente porque ignorara la lentitud del árbol frutal —que bien sabía él, por oficio y por herencia, cuántas lunas debe morder la raíz antes de atreverse a brotar—, sino porque en ese gesto había algo más que el cálculo utilitario de una cosecha. Había, quizás, la secreta necesidad de afirmar un orden en medio del desorden cotidiano, la voluntad de imponer una constancia allí donde todo parece regirse por la imprevisibilidad del clima y de los años.

Cuando los vecinos afirmaban que mejor era sembrar yuca o maíz, que son de crecimiento rápido y de provecho asegurado, no hacían sino demostrar que su relación con la tierra era de pura supervivencia. Pero cuando este hombre, cuyo nombre nadie recordará, se empeñó en cuidar la guayaba durante las estaciones indiferentes, el sentido de su labor cambiaba de naturaleza, casi tan substancialmente como la semilla misma se transforma en árbol.

No había transcurrido todavía un año desde que la vara verde asomó entre la maleza, y ya la paciencia del campesino se había ejercitado en la poda, en el riego medido, en la observación cotidiana de ese crecimiento que a los ojos ajenos parecía no ocurrir. En cambio, cuando las primeras flores blancas aparecieron —pequeñas, frágiles, casi insignificantes—, el hombre guardó un silencio que no era desinterés sino cautela, pues sabía que de la flor al fruto hay un tránsito que la naturaleza no concede sin exigir algo a cambio.
Sin embargo, la cosecha llegó. Y llegó con la modesta evidencia de lo que ha madurado a su debido tiempo. Las guayabas colgaron de las ramas con su gastada apariencia de fruto humilde —la cáscara verde, la pulpa rosada, el olor denso que se queda en las manos—, y fueron superiores en su sabor a cualquier otra fruta obtenida por el apuro del comercio o por el artificio de los invernaderos.

Por haberlas cultivado él mismo, sin más técnica que la atención y sin más premura que la que impone la maduración natural, el fruto era casi una doble afirmación de su propio oficio: la del hombre que sabe esperar y la del hombre que no delega en nadie el cuidado de lo que ha sembrado. Tal virtud, que no debe perderse de vista en un tiempo como el actual —tan inclinado a la cosecha inmediata y al abandono de los procesos lentos—, contrasta con la impaciencia generalizada que convierte todo cultivo en especulación.
Pero de allí a creer que cualquier siembra apresurada puede igualar el sabor de lo que ha respetado sus ciclos, indudablemente, hay una distancia considerable. Se puede tener la certeza de que la memoria de las cosechas rápidas se disolverá mucho antes de que la última guayaba de este árbol haya sido compartida, y acaso cuando todavía nadie recuerde el nombre de quienes prefirieron la cantidad sobre la paciencia.

En la mano del hombre, partida en dos, la guayaba revela su pulpa como un singular testimonio de que el tiempo bien empleado termina siempre por dar fruto. El campesino no ignora cuál ha sido el cambio de los últimos años, pero tampoco olvida que hay sabores que solo la espera puede madurar.
Títulos de algunos de mis libros publicados son: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024) y La Nada Infinita (2024)

This is an original text, written in Spanish, with images that are my own and translated into English using Google Translate.
The Unique Testimony of Time
Warm greetings, dear friends of Be Entrepreneur. I reconnect with you through #ecency to bring you a story that I share with great pleasure, hoping it will be helpful on your journey through the waters of growth and prosperity.

This is not a memorable feat or exploit worthy of praise in official chronicles, but rather an act as small as it is silent: that of a countryman who one day, with no witnesses but the earth and the sun, planted a guava seed. And not precisely because he was unaware of the fruit tree's slow growth—he knew well, by trade and by heritage, how many moons the root must take before daring to sprout—but because in that gesture there was something more than the utilitarian calculation of a harvest. There was, perhaps, a secret need to establish order amidst the daily chaos, a desire to impose constancy where everything seemed governed by the unpredictability of the weather and the passing years.

When the neighbors claimed it was better to plant cassava or corn, which grow quickly and offer a guaranteed harvest, they were merely demonstrating that their relationship with the land was one of pure survival. But when this man, whose name no one will remember, dedicated himself to tending the guava tree during the indifferent seasons, the meaning of his labor changed in nature, almost as substantially as the seed itself transforms into a tree.

Less than a year had passed since the green shoot first emerged from the weeds, and the farmer's patience had already been honed through pruning, measured watering, and the daily observation of that growth which, to outsiders, seemed not to occur. However, when the first white flowers appeared—small, fragile, almost insignificant—the man maintained a silence that was not disinterest but caution, for he knew that from flower to fruit there is a transition that nature does not grant without demanding something in return.
However, the harvest arrived. And it arrived with the modest evidence of what has ripened in due time. The guavas hung from the branches with their worn appearance of humble fruit—the green peel, the pink pulp, the dense aroma that lingers on the hands—and they were superior in flavor to any other fruit obtained through the haste of commerce or the artifice of greenhouses.

Having cultivated them himself, with no technique other than attention and no haste other than that imposed by natural ripening, the fruit was almost a double affirmation of his own craft: that of the man who knows how to wait and that of the man who delegates the care of what he has sown to no one. Such a virtue, which should not be lost sight of in a time like the present—so inclined to immediate harvest and the abandonment of slow processes—contrasts with the widespread impatience that turns all cultivation into speculation.
But there's undoubtedly a considerable distance between that and believing that any hasty planting can match the flavor of something that has respected its natural cycles. We can be certain that the memory of quick harvests will fade long before the last guava from this tree has been shared, and perhaps when no one even remembers the names of those who prioritized quantity over patience.

In the hand of man, split in two, the guava reveals its pulp as a singular testament to the fact that time well spent always bears fruit. The farmer is well aware of the changes of recent years, but he also remembers that some flavors can only mature with time.
Titles of some of my published books are: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024), and La Nada Infinita (2024)

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(creo que hablas aquí de mucho más que la guayaba 😅)
La guayaba y otros ejemplos forman parte de la inteligencia que nos rodea, que nos habla y nos habla y pocas veces escuchamos. Por eso hay pocos virtuosos que practican la paciencia y recogen sus dulcísimos frutos. Deberiamos aprender de ellos y creo que hasta viviremos más y con mayor plenitud.
Sí, @nanixxx hablo de mucho más que de la guayaba 😅. La guayaba es solo la excusa, el pequeño milagro cotidiano que nos plantea que hay una inteligencia silenciosa funcionando siempre, sin pedir permiso ni hacer ruido.
Más despacio, con más profundidad, con menos ansiedad. Quizás la plenitud no sea otra cosa que eso: volver a aprender a mirar.
Abrazos 🌻✨
😉
tu relato me hizo pensar en que a veces nos desesperamos por resultados rapidos pero lo que se cuida con amor y tiempo siempre es mejor. muchas gracias por tus palabras y por recordarnos lo importante de saber esperar.
your story made me think that sometimes we get desperate for fast results but what is cared for with love and time is always better. thank you very much for your words and for reminding us how important it is to know how to wait.