[ENG-SPN] The Knight Who Defied Time / El caballero que desafió al tiempo
If the memorable passage of El Cid Campeador through San Esteban de Gormaz, on his way into exile, left captivating traces of legendary feats, the miraculous story of another medieval knight, whose name we will mention later, imagined Schrödingen's cat paradox and Einstein's theory of relativity, centuries before Science, as the grotesque Don Hilarión—an infuriating character in the well-known zarzuela entitled ‘La verbena de la Paloma’—said, made such incredible progress.
The pilgrim who endures with resilient determination the dust of the roads of Old Castile knows that, upon reaching this ancient medieval town, he will find, especially around its two oldest churches, San Miguel and Virgen del Rivero, details so surprising that they will make his adventure a fascinating exercise in applied imagination. He will also discover that an open door is always an invitation to a mysterious discovery; That the ancient sculptures, still censored by time, are stories; that the old Gothic paintings, barely freed from their whitewashed prison, are fragments of narratives; and even that some tombstones still hold in the popular memory the priceless equation of immortality.
We speak, for example, of the tombstone of a gentleman named Fernán Antolínez—also known as Pascual Vidas—which many tread upon when wandering through the portico of the Church of Our Lady of the River. A gentleman who, unlike the mythical Saint Virila and Saint Ero—also key figures in the supernatural stories of the Camino de Santiago—did not experience the relativity of time, nor the out-of-body experience that characterized the Blessed Sister María Jesús de Ágreda, one enraptured by the song of a little bird and the other by that veritable reservoir of extrasensory perceptions that cloistered life can become. On the contrary, it is said that he did so out of the rapture with which he participated in Mass before going into battle, while his body humbled itself before the altar of God and his spirit, imitating the warrior Apostle James, fought alongside his companions, winning decisive battles with them.
Si el paso memorable del Cid Campeador por San Esteban de Gormaz, camino del destierro, dejó apasionantes huellas de legendarias hazañas, la milagrosa historia de otro caballero medieval, cuyo nombre mencionaremos más adelante, imaginó la paradoja del gato de Schrödingen y la teoría de la Relatividad de Einstein, siglos antes de que la Ciencia, como decía el grotesco Don Hilarión -enervante personaje de la conocida zarzuela que lleva por título ‘La verbena de la Paloma’- avanzara que es una barbaridad.
El peregrino que soporta con resiliente determinación el polvo de los caminos de la Vieja Castilla sabe que, llegado hasta esta antigua villa medieval, encontrará, principalmente alrededor de sus dos iglesias decanas, la de San Miguel y la de la Virgen del Rivero, detalles tan sorprendentes, que harán de su aventura un fascinante ejercicio de fantasía aplicada. Descubrirá, además, que una puerta abierta es siempre una invitación a un misterioso descubrimiento; que las milenarias esculturas, aún censuradas por el tiempo, son historias; que las viejas pinturas góticas, apenas liberadas de su prisión de cal, son fragmentos de relatos e incluso que algunas lápidas todavía guardan en la memoria popular la inapreciable ecuación de la inmortalidad.
Hablamos, por ejemplo, de la lápida de un caballero, de nombre Fernán Antolínez -también conocido como Pascual Vidas- que muchos pisan cuando deambulan por el pórtico de la iglesia de la Virgen del Rivero. Un caballero, que, a diferencia de los míticos San Virila y San Ero -personajes también clave en las sobrenaturales historias del Camino de Santiago- no experimentó la experiencia de la relatividad del tiempo, ni el desdoblamiento que caracterizó a la beata Sor María Jesús de Ágreda, arrobados unos por el canto de un pajarillo y la otra por ese verdadero tanque de percepciones extrasensoriales que puede llegar a ser la clausura. Por el contrario, se dice que lo hizo por la arrobación con la que se dedicaba a participar de la misa antes de entablar combate, mientras su cuerpo se humillaba ante el altar de Dios y su espíritu, imitando al guerrero Apóstol Santiago, combatía junto a sus compañeros, ganando con ellos determinantes batallas.
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