Tanizaki y la identificación con la sombra (Esp – Eng)

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Anteayer publiqué un pequeño ejercicio poético en honor al escritor japonés Junichirō Tanizaki, quien, como dijéramos, es uno de los pilares de la contemporaneidad literaria en Japón (ver aquí).

Decidí en esta ocasión comentar su pequeño libro ensayístico, de atractivo título, El elogio de la sombra, escrito en 1933, que sigo en la traducción de Julia Escobar, publicada por Siruela en 1994 (ver en Referencias).


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El ensayo de Tanizaki, publicado como libro, reúne informaciones y comentarios acerca de un tema de aprecio muy poco colectivo entre los occidentales: la sombra.

El abordaje de este tema lo hace, como es de esperar, a partir de la realidad o tradición japonesa, en particular la del espacio y los objetos. Trataré de recoger parte de sus reflexiones que nos puedan ser útiles y pertinentes para los hispanoamericanos.


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En la concepción que recoge con acuciosidad Tanizaki, la belleza es un efecto del juego de la luz y la sombra, podríamos decir, el claroscuro. Si bien el mundo y la cultura occidental parecen estar dominadas por la primacía de la luz, sin embargo, entre algunos de sus pintores (pienso en Rembrandt, por ejemplo) y poetas, como Hölderlin, la “luz oscura”, o luz tenue, declinante, tienen una valoración particular. Citemos unos versos del gran poeta alemán:

Pero que alguien me ofrezca,
De oscura luz repleto,
El oloroso vaso,
A fin de que me duerma; qué dulce
Sería adormecerse a la sombra.

No obstante, Occidente, a pesar de ser el lado por donde el sol se oculta, valora, casi excluyentemente, la luminosidad; una que puede llegar a ser enceguecedora, incluso.

La visión expuesta por Tanizaki que, como dijimos, se sustenta en la tradición japonesa, desarrolla cómo esta cultura ancestral se diferencia de tal valoración exclusiva de la luz, y se deja habitar por la delicadeza, el recogimiento y el silencio que procura la sombra.

Veamos algunas citas del libro.


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(…) eso que generalmente se llama bello no es más que una sublimación de las realidades de la vida, y así fue como nuestros antepasados, obligados a residir, lo quisieran o no, en viviendas oscuras, descubrieron un día lo bello en el seno de la sombra y no tardaron en utilizar la sombra para obtener efectos estéticos.

De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo.

(…) precisamente esa luz indirecta y difusa es el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Y para que esta luz gastada, atenuada, precaria, impregne totalmente las paredes de la vivienda, pintamos a propósito con colores neutros esas paredes enlucidas.


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A nosotros nos gusta esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apenas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás.

(…) al contemplar las tinieblas ocultas tras la viga superior, en torno a un jarrón de flores, bajo un anaquel, y aun sabiendo que sólo son sombras insignificantes, experimentamos el sentimiento de que el aire en esos lugares encierra una espesura de silencio, que en esa oscuridad reina una serenidad eternamente inalterable. En definitiva, cuando los occidentales hablan de los “misterios de Oriente”, es muy posible que con ello se refieran a esa calma algo inquietante que genera la sombra cuando posee esta cualidad.


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¿Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? (…)

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo 2122 inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.
En cambio, los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.

A decir verdad, he escrito esto porque quería plantear la cuestión de saber si existiría alguna vía, por ejemplo, en la literatura o en las artes, con la que se pudieran compensar los desperfectos. En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombra que estamos disipando... Me gustaría ampliar el alero de ese edifico llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo. No pretendo que haya que hacer lo mismo en todas las casas. Pero no estaría mal, creo yo, que quedase aunque sólo fuese una de ese tipo. Y para ver cuál puede ser el resultado, voy a apagar mi lámpara eléctrica.



Referencia:

Tanizaki, Junichirō (2001). El elogio de la sombra. (11.ª ed.). España: Ediciones Siruela.

En este enlace pueden acceder a una edición en pdf del libro de Tanizaki.



(English version)

Tanizaki and Identification with the Shadow

The day before yesterday, I published a short poetic exercise in honor of the Japanese writer Junichirō Tanizaki, who, as we might say, is one of the pillars of contemporary Japanese literature (see [here](https://peakd.com/hive -179291/@josemalavem/in-praise-of-the-shadow-poetic-exercise-in-memory-of-tanizaki)).

On this occasion, I decided to discuss his short essay collection with the appealing title, In Praise of Shadows, written in 1933, which I am following in Julia Escobar’s translation, published by Siruela in 1994 (see References).

Tanizaki’s essay, published as a book, brings together information and commentary on a subject that is rarely appreciated by Westerners: the shadow.

He approaches this topic, as one might expect, from the perspective of Japanese reality and tradition, particularly as they relate to space and objects. I will attempt to highlight some of his reflections that may be useful and relevant to Latin Americans.

In the conception that Tanizaki meticulously articulates, beauty is an effect of the interplay of light and shadow—what we might call chiaroscuro. Although the Western world and culture seem to be dominated by the primacy of light, among some of its painters (I am thinking of Rembrandt, for example) and poets, such as Hölderlin, “dark light”—or dim, fading light—holds a special value. Let us quote a few verses from the great German poet:

But let someone offer me,
Filled with dark light,
The fragrant cup,
So that I may fall asleep; how sweet
It would be to drift off in the shade.

Nevertheless, the West—despite being the side where the sun sets—values, almost exclusively, luminosity; a luminosity that can even become blinding.

The perspective presented by Tanizaki—which, as we mentioned, is rooted in Japanese tradition—explores how this ancient culture differs from such an exclusive emphasis on light, and instead embraces the delicacy, contemplation, and silence that shadow provides.

Let’s look at some quotes from the book.

(…) what is generally called beauty is nothing more than a sublimation of the realities of life, and this is how our ancestors—forced to live, whether they liked it or not, in dark dwellings—one day discovered beauty within the shadow and soon began to use shadow to achieve aesthetic effects.

More generally, the sight of a shiny object causes us a certain unease. Westerners use—even at the table—utensils made of silver, steel, or nickel, which they polish until they gleam, whereas we are horrified by anything that shines in that way. We, too, use silver kettles, goblets, and flasks, but it would never occur to us to polish them as they do. On the contrary, we like to see how their surfaces gradually darken and how, over time, they turn completely black.

(…) It is precisely this indirect, diffused light that is the essential element of the beauty of our homes. And so that this subdued, dim, precarious light can fully permeate the walls of the home, we deliberately paint those plastered walls in neutral colors.

We love that faint glow, made up of uncertain, external light, trapped on the surface of the twilight-colored walls and clinging to a mere last remnant of life. For us, that glow on a wall—or rather, that twilight—is worth all the ornaments in the world, and we never tire of looking at it.

(…) When we contemplate the darkness hidden behind the upper beam, around a vase of flowers, beneath a shelf—and even knowing that these are merely insignificant shadows—we experience the feeling that the air in those places holds a dense silence, that an eternally unchanging serenity reigns in that darkness. In short, when Westerners speak of the “mysteries of the East,” it is quite possible that they are referring to that somewhat unsettling calm generated by shadow when it possesses this quality.

But why does this tendency to seek beauty in darkness manifest itself so strongly only among Easterners? (…)

What could be the origin of such a radical difference in tastes? On closer inspection, since we Easterners try to adapt to the limits imposed upon us, we have always resigned ourselves to our present condition; we therefore feel no aversion to darkness; we accept it as something inevitable: if light is meager, so be it! Moreover, we delight in sinking into the darkness and find a very particular beauty in it.
Westerners, on the other hand, always on the lookout for progress, are constantly striving to achieve a better condition than the present one. They are always seeking greater clarity and have managed to move from candles to kerosene lamps, from kerosene to gas lighting, from gas to electric light, until.

To tell the truth, I wrote this because I wanted to raise the question of whether there might be some way—for example, in literature or the arts—to make up for the damage. As far as I’m concerned, I’d like to revive, at least in the realm of literature, that shadowy universe we’re gradually erasing... I’d like to extend the eaves of that building called “literature,” darken its walls, plunge what is too visible into shadow, and strip its interior of any superfluous adornment. I don’t mean to suggest that everyone should do the same. But I think it wouldn’t be a bad thing if there were at least one house like that left. And to see what the result might be, I’m going to turn off my electric lamp.


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