El escape

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Finalmente cumplimos el día límite del encierro, pondríamos en práctica todo lo aprendido. Nos entregaron ropa nueva, miramos por última vez el luminoso salón y nos guiaron hasta una estación ferroviaria. Una locomotora lograba arrastrar cuarenta y tres vagones, se detuvo para permitir nuestro abordaje. La mayoría de las vagonetas transportaban materiales como cemento y arena. Al cerrarlos completamente la locomotora inició su viaje hacia Ciudad Extraña. Nuestro destino era conocido desde hace tiempo,
El chillido metálico de las ruedas frenando me hizo despertar de un sueño placentero, al detenerse la máquina se abrieron las puertas de los coches. Nos bajamos justamente en el centro de lo que en antaño fue una gran urbe, fuimos catalogados con un número de registro, algo para nada agradable. Todo estaba en construcción, grúas enormes levantando planchas de concreto y camiones llevando arena a los depósitos para añadirle cemento.
Había un movimiento armonioso, digno de ser observado. Sucumbimos en un campamento de construcción, rodeados de cien personas, la gran mayoría de ellos eran inmigrantes en busca de empleo y buena paga. Dormíamos en literas pequeñas, con la convivencia diaria fuimos conociendo mejor a nuestros compañeros.
Durante una jornada fuimos seleccionados para reparar el antiguo zoológico, el líder de la facción había llegado recientemente para ver de cerca las labores constructivas. Albert llegó escoltado por una multitud a las puertas del zoo, era bajito, cabello negro muy corto y traje opaco. Una pequeña llovizna comenzó a caer sobre los árboles ornamentales que cubrían todo el lugar. Se abrieron varias sombrillas encima de las cabezas, Albert lentamente se acercó a nosotros.
Nos detuvimos a mirarlo, venía despacio y cauteloso, sus zapatos lustrados apenas salpicaban el agua de los charcos.
-Saluden al jefe supremo – gritó un escolta.
No encontrábamos la forma correcta de hacerlo.
-¡A caso son sordos! He dicho que saluden al jefe supremo – insistió el militar alzando el tono de voz.
Uno de los obreros dio la espalda a Albert, ignorando toda orden y regresando al trabajo. Esta actitud no fue muy bien recibida por Albert, inmediatamente ordenó fusilarlo en las afueras de la ciudad. La indignación sentida bastó para darnos la espalda y marcharse, mientras se alejaba, un reloj cayó de su bolsillo al fango y obligó a un niño obrero a levantarlo. La inocencia del chiquillo lo llevó a devolvérselo, rápidamente la mano de Neels tumba nuevamente el reloj.
-Pide por favor Albert – dijo enojado.
El líder supremo desenfundó un revólver en su cintura y enterró una bala en el cráneo de mi compañero.
-¡No! – grité y tomé al niño por una mano.
Corrimos entre los árboles y los disparos, aquellos proyectiles perforaban los troncos y producían un sonido psicodélico. Uno de los obreros llamado Yen intentaba recuperar el cadáver de Neels:
-Déjalo y corre – le grité estando muy cerca de un almacén.
Los que no huyeron a tiempo fueron masacrados, nos escondimos en la estructura y tapé la boca del niño. Yen respiraba violentamente, las botas de los militares sonaban cerca del refugio y parecían tenernos rodeados. Rompimos una pared trasera usando un martillo grande, ellos intentaban entrar por delante. No tardaron en percatarse de nuestra huida.
Llegamos al muro limítrofe del zoo y saltamos hacia una esplanada donde se amontonaban ladrillos. Ninguno de nosotros miraba hacia atrás, nuestra prioridad era correr y correr hasta el mismísimo agotamiento. Nos introducimos en un enorme tubo y nos deslizamos por el interior hasta un desnivel, luego llegamos a una calle abandonada, repleta de huecos y arena amarilla.



Tanto el texto como las imágenes son de mi autoría.



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1 comments
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Me parece un texto con una gran fuerza narrativa y un potencial significativo. Logra atrapar al lector en una situación tensa y despierta la curiosidad sobre el mundo que presenta y el destino de los personajes. La brutalidad de la escena del fusilamiento es impactante y la desesperada huida mantiene el interés hasta el final.

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